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Por qué seguir siendo católicos, a pesar de todo

Un lector me envió la siguiente pregunta: 

Estimado Dr. Kwasniewski,

La pregunta que todos los textos de Viganò y los suyos alzan es: ¿Por qué a esta altura debiéramos seguir en comunión con la Iglesia Católica—ya sabe, la que la mayoría de las personas creen (razonablemente?) que está liderada por el papa Francisco y los Obispos en comunión con él? Si el Vaticano II fue incorrecto y los papas desde Juan XXIII en adelante han sido modernistas en diversos grados tal como usted y otros convincentemente sostienen; si el verdadero catolicismo purasangre se encuentra en otro lado y no en unidad con lo que, según se dice, fue un concilio ecuménico y los presuntos Papas que lo respaldaron sin sentido crítico; entonces ¿ por qué un creyente de buen juicio debiera permanecer en comunión con esa entidad? ¿Por qué debiéramos depender de concilios y Papas de dicha Iglesia si evidentemente han conducido a millones de almas por el mal camino? Si adoptamos la lógica de Viganò y la suya, no veo razones para permanecer en comunión con “la Iglesia Católica” tal como la considera hoy la gente. ¿Podría darme una que sea lógica?

Mi respuesta:

“Scio cui credidi…” “sé a quién he creído” (2 Tim 1:12), tal como nos recuerda el Introito para la fiesta por la conversión de San Pablo. La fe es un don de Dios: “Vosotros no me escogisteis a Mí; pero Yo os escogí,” dice el Señor (Jn 15:16). Esta fe está dirigida a la Trinidad y a la Encarnación, y luego a la Iglesia y su “sistema” como una extensión y continuación de esos misterios fundamentales. Para mí, ser católico es abrazar esos misterios sosteniendo a Jesucristo, especialmente en el acto de adoración y comunión. La Iglesia es donde Él vive y mora, y donde yo me uno con Él.

La sagrada liturgia es, para mí, no solo teóricamente sino prácticamente la fuente y el ápice (fons et culmen) de mi vida como católico—y con esto me refiero a la liturgia tradicional, ya que no puedo reconocer en el Novus Ordo un rito litúrgico legítimo de la Iglesia romana, aunque sea sacramentalmente válido y pueda servir un propósito temporario, así como una balsa desvencijada ayuda a los náufragos hasta que son rescatados por un barco apropiado. Martin Mosebach dice: “La liturgia ES la Iglesia—cada misa celebrada en el espíritu tradicional es inmensurablemente más importante que toda palabra de todo Papa. Es el hilo rojo que debe atravesar toda gloria y toda miseria de la historia de la Iglesia; donde continúa, las etapas de gobierno papal arbitrario se convertirán en notas al pie de página de la historia” (La Herejía de lo Informe, p. 188).

Tal como sugiere lo anterior, no soy uno de aquellos que conjetura que la Iglesia debe ser equiparada con Papas, Obispos y concilios. Obviamente estos desempeñan un papel en la articulación del contenido del depósito de la fe y en la condena de errores que amenazan a sus miembros, pero un papel secundario, no como protagonistas del programa. Nuestros jerarcas también pueden faltar a sus responsabilidades, como observamos al revisar las páginas de la historia eclesiástica o si hoy miramos alrededor nuestro. El Señor nos provee misericordiosamente de muchos medios para conocer la verdad y adherirnos a ella, incluso cuando los pastores de la Iglesia se convierten en lobos. En el mejor de los tiempos debiéramos confiar en los pastores, pero en el peor de los tiempos su negligencia o apostasía se tornan aparentes e innegables. Entonces, no confiamos en ellos ni los seguimos, a menos que queramos perecer en la destrucción que Dios ha prometido a los hipócritas, herejes, idólatras, y sodomitas (por mencionar las categorías más relevantes).

La mayor parte de lo que creemos como católicos—la materia de nuestra fe—ya ha sido definida solemnemente o enseñada universalmente durante siglos, por lo que no hay mucho que un Papa (o un concilio, para el caso) pueda agregar o cambiar. No puedo pensar en ninguna doctrina de importancia que al momento no haya sido ya “anclada”, o cuyo contrario no haya sido anatemizado. Este hecho podría demostrarse, de necesitarse demostración, con una somera revisión de cientos de catecismos publicados con aprobación eclesiástica a lo largo de los últimos cinco siglos. Aquí vemos la estabilidad monumental de la enseñanza de la Iglesia, consistente de un extreme del mundo a otro. Para la mayoría de las personas, el Catecismo de Trento, el Catecismo de Baltimore, o el Catecismo de Pío X serían más que suficientes para adquirir la mente de la Iglesia en su magisterio universal y ordinario.

Ahora bien, alguno podría replicar: “¿No es el papado y sus prerrogativas parte de ese inmutable contenido catequístico?” Por supuesto que lo es—pero en línea con el entendimiento realista y limitado del papado que surgió del Concilio Vaticano Primero. Un católico no rechaza el oficio papal así como no esperaría encontrar un mamífero sin cabeza; y sin embargo no piensa ni que la cabeza es demasiado grande para el cuerpo, ni que es el único lugar donde el alma del cuerpo místico, el Espíritu Santo, habita. El Papa, así como el laico más pequeño, debe funcionar dentro del cuerpo según el rol que ha recibido de la Divina Providencia; el Papa, como el más humilde servidor, puede desviarse del camino de la verdad en todo menos en los actos solemnes de definición pontificia, en los que tiene garantizada la asistencia del Espíritu Santo. Recuerdo leer del padre Garrigou-Lagrange una frase penetrante sobre los motivos para creer en el cristianismo. Decía algo así: “Hay suficiente luz para quienes desean creer, y suficiente oscuridad para quienes no desean creer.” De igual manera, podríamos decir sobre el papado que las instancias históricas de serio desvío han sido suficientemente escasas como para confirmar nuestra fe en el sostenimiento divino del oficio papal, y sin embargo suficientemente numerosas como para advertirnos contra la sumisión no iluminada por la fe católica y el ejercicio de la razón.

Aquí creo que es tiempo de aclarar una confusión muy frecuente, más precisamente, que los tradicionalistas son antiautoritarios e individualistas. No hay nada más lejos de la verdad. Un tradicionalista desea la guía del Magisterio—no busca irse como los protestantes a su propia secta. Él desea ser capaz de seguir al Papa, al Obispo diocesano, y al pastor local. Preferiría asentir y absorber todo lo que enseñan. Por la propia inclinación de la gracia, desea ser un miembro del cuerpo, una parte del todo, un ciudadano de la mancomunidad celestial; el individualismo es aberrante.

El problema aparece cuando el así llamado “Magisterio vivo” parece contradecir abiertamente o embarrar el Magisterio de toda la vida, notable por su consistencia y claridad, o cuando decisiones disciplinares, en lugar de honrar y fortalecer la práctica católica, toman el enfoque de la moderna “cultura de cancelación”. Tales problemas no son cuestiones de discernimiento esotérico que requiere el acceso gnóstico a la sabiduría oculta. Se elevan y te pegan en la cara; hieren la fe y golpean la razón. En ese momento, ¿qué debemos hacer? ¿Suponemos que todos los que nos antecedieron estaban equivocados y que el cristianismo consiste en un proceso evolutivo que no tiene una naturaleza fija ni un objetivo definido, excepto tal vez un punto Omega en el espacio-tiempo? No, no suponemos eso, a menos que queramos negociar nuestro bautismo en Cristo Jesús, “el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13:8), y a menos que no “luchéis por la fe, que ha sido transmitida a los santos una vez por todas” (Jud 3). Nos aferramos a aquello que es cierto y nos cuestionamos aquello que es extraño o novedoso contra al trasfondo de nuestra liturgia, doctrina y moral heredadas (lex orandilex credendilex vivendi).

¿Debemos ser teólogos brillantes? No. Es suficiente para un católico catequizado tradicionalmente rehusar a asentir o guiarse por cualquier cosa que tenga sabor u olor a novedad, herejía, impiedad, inmoralidad. Podemos equivocarnos al juzgar esta o aquella cuestión, pero eso no es un problema, dado que no podemos equivocarnos al sostenernos de lo que conocemos con certeza y confianza, y por seguir la enseñanza y ejemplo de los grandes santos del pasado, quienes vivieron la misma fe católica. No hace falta que las ovejas se retuerzan para admitir la enseñanza modernista; antes bien, corresponde a los pastores hablar el lenguaje del catolicismo.

Si el cristianismo es verdad, los únicos aspirantes serios para representarlo en la tierra son la Iglesia Católica Romana y la Ortodoxa Oriental (en todas sus variantes separatistas). Si bien admiro la liturgia oriental y encuentro a los escritores espirituales del cristianismo oriental admirables e inspiradores, mi estudio de la teología y de la historia oriental me deja menos impresionado. Para poder hacerme ortodoxo debiera renunciar explícitamente al Filioque, la Inmaculada Concepción, el purgatorio, y la infalibilidad del Papa en pronunciamientos ex cathedra. No podría hacerlo, dado que todas esas doctrinas tienen sentido para mí. Que tengan sentido para mí no es (me apresuro a decirlo) la razón por la que las acepto; mi punto es que mi razón observa lo suficiente su profunda harmonía con el resto de la verdad revelada, por lo que no podría rechazarlos sin resultar irracional.

Lo que vemos en el Vaticano es una especie de juego extraño en el que balbucean, ignoran doctrinas, inventan nuevas fórmulas, y en general intentan ofuscar lo que nuestra tradición ha iluminado y aclarado. Desde el Vaticano II en adelante, los clérigos modernos se han rehusado a ejercer su autoridad plenamente, prefiriendo sermonear incesantemente en apoyo de sus causas predilectas. No niego que en cierta medida el Magisterio está siendo “comprometido”, pero lo está en un nivel compatible con el error o simplemente con la estupidez o una vaguedad poco útil. No hay casi nada de los últimos cincuenta años que pueda pasar a la historia como “punto culminante” de la Iglesia. Será más parecido al Oscurantismo: siglos de corrupción civil y eclesiástica, invasiones bárbaras, y una transmisión de la herencia manchada por parte de algunos pocos letrados.  Los únicos juicios realmente importantes que se han realizado conciernen a temas sexuales y bioéticos.

No veo cómo evadir la conclusión de que vivimos en una era sin precedentes. La modernidad—con la que me refiero no solo a un período cronológico sino a una visión filosófica y antropológica—no se parece a ningún período que haya ocurrido en la historia humana, y la crisis en la Iglesia refleja esa singularidad. El mysterium iniquitatis nunca está lejos de los seres humanos caídos (y eso no aplica a la corte bizantina más que a la corte papal; al contrario). Pero nuestro actual nivel de caos y confusión, que ha evolucionado mediante un programa estudiado, es algo nuevo; hasta me animaría a llamarlo apocalíptico.

Veo el “neo-Magisterio”—es decir, la enseñanza y legislación conciliar y papal al punto que se aleja de la tradición recibida hasta ahora—como un crecimiento canceroso o un tumor en el cuerpo de Cristo en la tierra. No sé cuándo o cómo el Médico divino lo extirpará o lo disolverá. Lo único que puedo hacer es mantenerme fiel al depósito de la fe y a su exposición teológica de larga tradición, tal como se me ha dado a entender. Mi consciencia me pide ser y permanecer católico, por lo tanto persevero y sufro, y me esfuerzo por ser santo de la única manera que tiene sentido: el viejo modelo. Es como lo que vemos en comunidades religiosas: en las décadas de 1960 y 1970 la mayoría abandonó sus viejos hábitos por nuevos, y ahora esas órdenes han muerto. Las nuevas y florecientes comunidades han retomado los viejos hábitos, y cuanto más tradicionales, más han logrado revertir el declive.

Tal como dijo John Henry Newman una vez respecto a la crisis Arriana, el oficio de enseñar de los Obispos parece “en suspension”: existe, pero la fe está siendo sostenida y transmitida más por los laicos y el clero menor que por sus pastores. No veo cómo esto sacude los cimientos de la Iglesia. Lo que se sacude, en cambio, es la confianza en los hombres y príncipes mortales (cf. Ps 145:2–3).

La esposa de Cristo en la tierra es una cuyo rostro ha sido dañado por los pecados de sus miembros, especialmente sus miembros más prominentes. Pero sin embargo amo a la esposa, reconociendo que es en su gloria celestial que se halla toda su esencia y se revela toda su belleza. La Iglesia en la tierra es una realidad pasajera; la Iglesia en el cielo es la que permanece. La “comunión con la Iglesia” es, antes que nada, comunión con los santos y los ángeles en el cielo, y en segundo lugar, con nuestro Señor glorificado bajo los velos sacramentales aquí abajo. Donde éstos se hallan, ahí está la Iglesia, a pesar de la corrupción de algunos de sus miembros o de los desvíos causados por ellos al dejar de lado el ejercicio de su oficio sacerdotal, profético y real. Esta es la verdad profunda de la polémica anti-Donatista de Agustín: no es el Padre Tal el que bautiza, sino Cristo el que bautiza; no es el Padre Tal a quien recibimos en la eucaristía, sino el mismo Cristo. Dios amó tanto al mundo que no mandó una comitiva. De esta manera, mi fe en Cristo y en los medios de salvación que Él ha provisto permanecen inmutables; ciertamente, se ha hecho más fuerte en este tiempo de crisis.

Traducido por Marilina Manteiga. Fuente: https://onepeterfive.com/why-remain-catholic-in-spite-of-everything/

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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