La noble lengua latina que nutrió la piedad durante siglos; la serenidad del canto gregoriano; el esplendor de las vestimentas sagradas; la forma visible en que se destaca el carácter propiciatorio de la Misa, en el cual el Señor de la gloria hace presente de nuevo su sacrificio de la Cruz en provecho de vivos y difuntos. Todas estas cosas y otras no tardaron en desaparecer en mayor o menor medida tras el Concilio Vaticano II con el engañoso pretexto de que el hombre moderno necesitaba otra cosa, algo más inmediatamente accesible que la solemnidad, el silencio y la sacralidad. Es innegable que ello fue un error mayúsculo, como han reconocido laicos, sacerdotes e incluso obispos con cada vez mayor franqueza en las últimas décadas. La labor de la recuperación ha venido a corresponderle en buena parte en manos del creyente de a pie.

Al debatir las reformas postconciliares, los católicos tradicionalistas suelen hablar mucho de la prohibición del latín, del canto, de la celebración ad orientem y de la comunión de rodillas. No tiene nada de sorprendente, ya que se trata de los cambios más llamativos, y su efecto acumulativo es el que ha tenido más impacto en cuanto a la forma del culto. Pero también se han introducido otras novedades que a la larga han influido en nuestra manera de entender la Fe. Uno de ellos sería no arrodillarse cuando al recitar el Credo se dice et incarnatus est, de Maria Virgine, et homo factus est.  Del mismo modo, son muchos los que no inclinan reverentemente la cabeza cuando se menciona el Santísimo Nombre de Jesús.

Otra de dichas novedades consistió en la extinción más o menos total de la costumbre de utilizar el velo al rezar en la iglesia por parte de la mujer. Antes del Concilio, cuando se entraba en una iglesia se veía a las mujeres con la cabeza cubierta con boina, velo, sombrero o mantilla. Aunque hoy en día se vea ocasionalmente en una Misa Novus Ordo a alguna señora con sombrero o velo (y más en países no occidentales, al no haber penetrado tanto el espíritu modernista), en general, la costumbre ha pasado a la historia salvo en aquellos lugares en que se ha mantenido o ha vuelto la Misa tradicional en latín. E incluso en estos últimos lugares, no se trata de una costumbre practicada por todas. Las hay que se ponen a la defensiva alegando que no lo exige el derecho canónico y que el párroco no habla de ello. De hecho, quienes lo consideran reliquia de una época en que la mujer (según ellos suponen) estaba considerada ciudadana de segunda categoría se alegran que el velo haya caído en desuso.

Ahora bien, antes de darlo por perdido como una antigualla que se desechó por no ser ya necesaria, deberíamos considerar lo que significaba la costumbre en sí, así como si es símbolo de una verdad importante y tan cierta para nosotros como para nuestros antecesores. Las costumbres de la piedad popular suelen tener unas raíces religiosas y humanas más profundas de lo que nos parece a simple vista. En el mundo tan velozmente cambiante en que vivimos es frecuente que caigan en desuso cosas buenas pero no porque se haya descubierto algo mejor con que sustituirlas, sino porque se ha olvidado una verdad esencial a la que es más necesario que nunca prestar atención y seguir.

La enseñanza del apóstol

La tradición de que la mujer use velo en la iglesia se basa en estas palabras de San Pablo: «El hombre, al contrario, no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; más la mujer es gloria del varón. Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón;  como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón.  Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza (la señal de estar bajo) autoridad, por causa de los ángeles» (1ª a los Corintios 11,7-10, ). La palabra que suele traducirse por velo es exusia, que significa poder o autoridad [1]. Traducido muy literalmente, este pasaje diría: «La mujer debe tener poder o autoridad sobre su cabeza». De vez en cuando se ve una traducción con una especie de paráfrasis: «potestad sobre su cabeza», o «señal de sujeción». En todo caso ¿cuál es la razón del velo? La explicación la encontraremos si dirigimos la mirada a la Tradición.

Según ciertos Padres y Doctores de la Iglesia, este pasaje se refiere a los ángeles, que velan su rostro ante la presencia de Dios, adorándolo ante su trono [2]:

    «En el año en que murió el rey Ocias, vi al Señor sentado en un trono alto y excelso y las faldas de su vestido llenaban el Templo. Encima de Él había serafines, cada uno de los cuales tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos los pies, y con dos volaban.  Y clamaban unos a otros, diciendo: “Santo, santo, santo es Yahvé de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria”.» (Is.6,2-3)

Los ángeles se cubren el rostro en señal de reverencia ante el poder y majestad gloriosos de Dios; están sometidos a su autoridad. San Pablo diría, por tanto, que así como los ángeles se cubren el rostro ante el trono de Dios, la mujer debería cubrirse también la cabeza al rendirle culto. Pero ¿por qué sólo la mujer? ¿Acaso los hombres no se encuentran igualmente en presencia de Dios? La explicación la encontramos en una serie de analogías que San Pablo ha dejado sentadas en el mismo capítulo: «La cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de Cristo» (1ª Cor. 11,3). Es decir, que Cristo es ante el Padre como el esposo ante Cristo, y el marido ante Cristo como la esposa ante el marido, en un orden descendente de autoridad. Obsérvese bien la última parte de la analogía: en la relación con su marido, la esposa cristiana es comparada con la Segunda Persona de la Trinidad en su relación con el Padre. Por tanto, el sentido último de la vocación de la mujer consiste en participar del misterio de la misión de Cristo, imitarlo y manifestarlo: su entrega tiene que ser reflejo de la entrega de Cristo.

Imitación concreta de Cristo y de la Iglesia

Para desarrollar más el sentido del pasaje mencionado, hay que tener en cuenta lo que les dice San Pablo a los efesios añadiendo una nueva dimensión al simbolismo: «Las mujeres sujétense a sus maridos como al Señor porque el varón es cabeza de la mujer, como Cristo cabeza de la Iglesia, salvador de su cuerpo.  Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo» (Ef.5, 22-24). El esposo es a la Iglesia lo que Cristo a la esposa. A partir de ello, vemos que de igual manera la esposa es llamada a imitar y a participar en la obra de la Iglesia, que sigue a Cristo, y que Cristo sigue al Padre. Estas cosas terrenas prefiguran un gran misterio sobrenatural: la obediencia de la esposa hunde sus raíces en la de Cristo al Padre y se deriva de ella, así como en la sumisión de la Iglesia al Señor.

La obediencia a la que se obliga la mujer en el matrimonio es una elección, una respuesta del corazón a un obsequio del Señor, del mismo modo que la monja pronuncia sus votos de obediencia a su superiora como parte de su vocación de servir al Señor. La obediencia de la esposa se da en el contexto de un sacramento; no es cuestión de dependencia o inferioridad natural. La esposa se somete al marido ante todo por amor a Dios, en obediencia a la llamada del Señor. Y este sacrificio que hace, sostenido por la gracia de Dios y debidamente entendido por ella, no compromete su condición de esposa como igual al marido [3].

      «El Hijo es igual al Padre (como sostenía Orígenes, y como siempre se definió después), pero el Hijo obedece al Padre. Algo tan tiernamente conocido en muchas relaciones de amor humano está presente, más allá de lo imaginable, en los más íntimos secretos del Cielo. Pues el Hijo, en su eterno ahora pide subordinación, y suya es. Él quiere que sea así; es inherente en el Padre con obediencia filial, mientras el Padre, con autoridad paterna lo es en Él. Y las tres Personas son  coeternas  simultáneamente, e iguales entre sí» [4].

La distinción entre personas en la Santísima Trinidad no compromete la unidad de Dios, esencial e igualmente compartida por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En la Trinidad, la jerarquía dentro de la igualdad tiene su reflejo en el orden de la salvación que introdujo el Padre al enviar a Cristo, así como en la relación conyugal entre Cristo y la Iglesia y, una vez más, en el matrimonio.

La herida de la rebelión del pecado fue sanada por la muerte de Cristo, y la salvación del hombre se obtuvo precisamente mediante la obediencia a la voluntad de Dios, que comenzó con el fiat de la Virgin, «hágase en mí según tu palabra». De igual modo, entendida como una participación en el misterio de Cristo y de su Iglesia, la relación de la esposa con el marido es salvífica, exactamente como una oblación libremente   consagrada e incluida en el sacrificio de Cristo. Todos los cristianos sin excepción estamos llamados a imitar a la Virgen, y todos estamos llamados a estar unidos a Cristo y unos a otros en Él, pero esta vocación no se manifiesta de la misma manera en la mujer que en el hombre. Aunque María es el arquetipo para todos los cristianos, su vida, como modelo de auténtica feminidad, manifiesta ciertas verdades que se aplican de manera especial a la mujer. Es preciso ver el velo y cualquier otro símbolo relacionado con la mujer a la luz del fiat de la Virgen, de su abandono a la voluntad de Dios, del acto mediante el cual aplastó la cabeza de la serpiente. Del mismo modo que la sumisión de Cristo a la voluntad del Padre, «hasta la muerte», supuso la derrota de Satanás.  «He aquí la esclava del Señor». «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Al ofrecerse, la Virgen se convirtió en la ayuda necesaria para que el nuevo Adán, el gran Sumo Sacerdote, ofreciese el sacrificio válido para todos: su Cuerpo y su Sangre.

La responsabilidad compartida del esposo

Para hacernos una visión de conjunto, debemos tener presente la destacable enseñanza de San Pablo a los maridos en Efesios 5. Dice el apóstol que los maridos representan a Cristo; que tienen que servirle como jefes de la iglesia doméstica. ¿Qué quiere decir eso? Que la verdadera autoridad que procede de los vivificantes sacramentos no depende mucho del concepto que tenga el hombre caído de la autoridad, de gobernar a otros en beneficio propio. «Los jefes de los pueblos, como sabéis, les hacen sentir su dominación, y los grandes sus poder. No será así entre vosotros, sino al contrario: entre vosotros el que quiera ser grande se hará el servidor vuestro, y el que quiera ser el primero de vosotros ha de hacerse vuestro esclavo; así como el Hijo del hombre vino, no para ser servido, sino para servir» (Mt.20, 5-28). El marido debe actuar como Cristo Rey, el Rey entronizado en la Cruz.: «Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó Él mismo por ella» (Ef.5, 25). La autoridad del marido lo es en efecto cuando se ejerce en imitación de Cristo. Santo Tomás de Aquino supo expresar muy bien la idea: «La mujer se somete a Dios al someterse a su esposo bajo la autoridad de Dios [subiicitur viro sub Deo], lo cual quiere decir que está sometida a él en la medida en que él somete a Dios, o sea, que gobierna conforme a los mandamientos de Dios» [5].

Así pues, en todo matrimonio, marido y mujer son llamados a imitar y manifestar, tanto el uno al otro como al mundo, el amor de Cristo y la Iglesia, el cual se ajusta al modelo   del misterio del amor entre las Personas de la Santísima Trinidad. Dicha imitación y manifestación solamente se puede realizar mediante la gracia de Dios, del Dios que es amor, Hace falta oración, discernimiento, paciencia y perseverancia constantes. Únicamente siendo conscientes en todo momento de la grandeza de la vocación al amor –a gobernar y servir por medio del amor y por  el bien  del amor– es posible mantener el equilibrio de la jerarquía en la igualdad y de la igualdad en la jerarquía. La apropiada relación entre la esposa y el marido y el valiosísimo don de engendrar hijos resultó perjudicado en la Caída (cf. Gn3,16), como se puede ver en los hombres que abusan de su autoridad marital y en los que son demasiado tímidos o afeminados para asumir dichas obligaciones. Podemos observar toda clase de problemas: hombres que dominan por interés personal; hombres que se niegan a dominar por el bien de otros; mujeres que no se dejan gobernar en absoluto; mujeres que se dejan pisotear y no se resisten a los abusos de autoridad. Por eso, diría yo, nos resulta tan  agradable y alentador ver el ejemplo de un matrimonio que vive en paz y alegría. Demuestra que es posible con un esfuerzo decidido e implorando la gracia de Dios.

Por eso, en la teología paulina el velo es símbolo de consagración y sacrificio. Del mismo modo que la Iglesia se somete a Cristo y Cristo, el Hijo, obedece al Padre, la esposa está sujeta a la autoridad y protección del esposo. Y de manera especial cuando adora en presencia del Señor litúrgicamente tiene sentido que la mujer vista un símbolo externo de esa verdad interior, un símbolo público y visible de su vocación de esposa. Es sacramental en un sentido amplio: un humilde objeto físico representa una profunda realidad espiritual. Así como las monjas dan testimonio al mundo con su hábito (velo incluido), las esposas dan testimonio del carácter singular del matrimonio cristiano al cubrirse la cabeza en Misa. Este hermoso símbolo brinda a la esposa una oportunidad de vivir más plenamente su vocación recordándoles a ella y a los demás, sus hijas incluidas, el carácter mariano de humildad que representa el velo. Podríamos incluso llegar más lejos: este delicado símbolo de lo que es una muestra primordial de pequeñez teresiana podría ser un eficaz medio de reparación para quienes se rebelan contra su identidad o no son fieles a su vocación.

Tradición codificada en símbolos

En vista de ello, es posible explicar otro detalle de 1ª a los Corintios 11 que podría pasar desapercibido: El capítulo comienza con la insistencia del Apóstol en que los cristianos de Corinto mantengan las tradiciones que él les ha transmitido: «Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conforme os las he transmitido. Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de Cristo».

Lla enseñanza sobre la sumisión de la esposa al marido es parte de la sagrada tradición que les transmitió; la autoridad simbolizada por el velo entra en su exhortación dentro de este contexto. Dicho de otro modo: San Pablo insta a todos los se esfuerzan por «

imitar a Cristo (1 Cor.11,1) a mantener las tradiciones que contienen y confirman la sana doctrina y una vida de santidad. « Estad firmes y guardad las enseñanzas que habéis recibido, ya de palabra, ya por carta nuestra» (2 Tes.2,15). Ésta es ciertamente una enseñanza que debemos conservar con tenacidad en el mundo moderno. La desintegración actual de la familia se debe hasta cierto punto a que la tradición apostólica de la jerarquía familiar no ha sido conservada ni por la familia ni por la propia jerarquía eclesiástica.

Las enseñanzas de San Pablo dejan claro que cubrirse la cabeza sólo tiene un sentido plenamente sacramental para las mujeres casadas o prometidas (incluidas las monjas, que están casadas con Cristo, y las novicias, que se preparan para dicho matrimonio místico). Estudiada en su contexto, la recomendación paulina de que la mujer se cubra la cabeza con velo como símbolo de la autoridad del varón (exusia) no se refiere indudablemente al hombre y mujer como tales, sino a la mujer casada en relación con su esposo. (Con todo, también se observará que el mismo capítulo da instrucciones aplicables a todas las mujeres; San Pablo oscila entre hablar de la mujer en general y de las casadas, y dice cosas diversas aplicables según el caso). Por ese motivo, la costumbre tradicional de que todas las mujeres lleven velo en la iglesia se justificaría en que cada mujer está destinada, en lo natural y lo sobrenatural, a ser esposa; ya sea esposa de Cristo en la vida religiosa o mujer casada en un matrimonio cristiano. Ya antes de realizarse esa vocación, e incluso en caso de que no llegue a realizarse, no deja de ser una realidad ontológica y espiritual que merece ser reconocida, honrada e integrada en el gran mysterium fidei que se celebra en la Santa Misa.

Razones prácticas

Existen además razones prácticas para llevar velo en la Iglesia, y dado que dichas razones se aplican por igual a las casadas y las solteras, confirman la antigua práctica de usarlo.

En primer lugar, el velo puede impedir distracciones, tanto para una misma como para los demás. ¿Cuántas veces dirigimos la mirada a otros en la iglesia en vez de concentrarnos en la oración? El velo puede ayudar a la mujer. Las que están protegidas por el velo, cubiertas con él, se pueden concentrar mejor [6], porque les recuerda el motivo principal por el que están en la iglesia: es un momento sagrado, y están allí para adorar a Dios.

Otro motivo para usar velo en la iglesia es que brinda cierta intimidad, una necesidad de estar a solas con Dios en vez de relacionarse con otros en un ambiente de familiaridad. En la Misa, el divino Esposo visita a su esposa, el alma cristiana; hay que estar preparados para dicha visita. La desmesurada importancia que se da hoy en día a la dimensión social del culto ocasiona las más de las veces una pérdida de contacto con la única realidad que hace real todo lo demás: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, a quien el alma debe recibir con la mayor atención posible. El velo caracteriza a la mujer de oración, que sabe para qué ha ido a la iglesia y a Quién ha ido a ver. Aunque a sus espaldas digan que es una beata chapada a la antigua, tiene en su corazón la tranquilidad de saber que lo que hace lo hace por amor, y eso es lo único que importa.

La mujer que viste velo da a entender a quienes la rodean que en el templo nos reunimos para adorar a Dios. De esa forma presta un servicio a los demás, al recordarles en qué consiste la Misa, y es posible que con el tiempo otras mujeres imiten su ejemplo.

Como vemos, son muchas las razones que hacen aconsejable la práctica de cubrirse con velo [7]. Y lo que es más importante: tiene para las esposas el mismo carácter que el hábito en las religiosas: es señal de su vocación y consagración al Señor, junto con su marido y a través de él. En vez de ser estigma que denote la opresión de la mujer, es prenda de auténtica entrega y amor, del mismo modo que la Cruz es la mayor prenda de amor que jamás se haya ofrecido a la humanidad.

Esta sencilla costumbre de nuestros antepasados es, por lo tanto, parte de un reavivamiento litúrgico más amplio y eficaz que se beneficia del pasado, entiende las necesidades del presente y preserva para los tiempos venideros la belleza y el simbolismo del culto católico.

[1] Según Ronald Knox, algunos comentaristas sostienen que mediante este término griego San Pablo intenta traducir un vocablo hebreo que expresa el velo que llevan tradicionalmente las judías casadas.

[2] Estos ángeles, generalmente identificados como querubines, son descritos de esa manera en Isaías, Ezequiel, el Apocalipsis y constantemente a lo largo de toda la tradición rabínica. Véase, por ejemplo, las referencias bíblicas en Cornelius a Lapide, Commentaria in Scripturam Sacram (París, Vives, 1868), 18:355–56.

[3] Las doctrina según la cual la mujer no es igual al hombre es herética; es análoga al          subordinacionismo,  que niega la igualdad del Hijo y el Padre. Ello queda claro en Casti connubii, de Pío XI, que enseña que hombres y mujeres gozan de igualdad en la diferencia y en la autoridad y subordinación.

[4] Charles Williams, citado en Mary McDermott Shideler, The Theology of Romantic Love (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 1962), 81–82.

[5] Véase Lectura super primam epistolam ad Corinthios cap. XI, lec. 3, n. 612.

[6] Está claro que me refiero a un velo más amplio como la mantilla, no a la versión más pequeña que a veces se ve. No es imprescindible que sea de encaje (aunque ello tiene la ventaja de que puede sujetarse más fácilmente al cabello), y basta con un pañuelo de cabeza normal de gasa o tela ligera. También está  la cuestión  de los sombreros. Aunque es cierto que pueden (y con frecuencia se ha hecho) servir para cubrirse, pertenecen más al mundo de la moda que al ámbito de los sacramentos y la vida litúrgica. No tienen tanto peso simbólico como el velo.

[7] A quienes deseen saber más, les recomiendo varios artículos más: “Mantilla: The Veil of the Bride of Christ — A New Book on the Practice of Veiling”; “The Chapel Veil and a Woman’s Rights”; “Your Wife is Wearing What? Men, Veils, and the Mystery of Femininity”; «Las mantillas para mujeres en la forma ordinaria (que figura como un capítulo en The Case for Liturgical Restoration, ¡libro no debe faltar en ninguna biblioteca que se precie!); y las preguntas respondidas ent Veils by Lily.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).