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Solemnidad de Pentecostés

I.-El tiempo litúrgico de Pascua, termina con la solemnidad de Pentecostés que celebramos este Domingo y que recibe su nombre de una fiesta religiosa que los judíos celebraban cincuenta días después de Pascua como acción de gracias a Dios por la recolección de la cosecha y que, más tarde, se interpretó como recuerdo de la promulgación de la Ley de Dios en el monte Sinaí, después de ser librados del cautiverio en Egipto.

Después de la Ascensión, los Apóstoles «perseveraban unánimes en la oración» junto con la Virgen María y de otros discípulos (Hch 1, 14). Al llegar el día de esta fiesta, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, manifestándose de forma visible en los signos exteriores del viento y el fuego. El Espíritu Santo confirmó en la fe a los Apóstoles, los llenó de luz, de fortaleza, de caridad y de la abundancia de todos sus dones.

Si Dios había entregado su Ley al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, en este día nos da aquella Ley nueva que no está escrita sobre tablas de piedra, sino en el mismo corazón de los hombres (cfr. 2Cor 3, 3). Por eso, en esta fiesta vemos la imagen de todos aquellos beneficios espirituales que se extendieron por el mundo con el nacimiento de la Iglesia y la venida del Espíritu Santo. Aquel viento y aquellas lenguas de fuego que se manifestaron sobre los primeros cristianos son una imagen de la acción sobrenatural que el Espíritu Santo obra en cada uno de nosotros al santificarnos aplicándonos en forma de gracia los méritos de Jesucristo (Cfr. Juan STRAUBINGER, Sagrada Biblia, in Hch 2, 2-3).

Consideremos, pues, quién es el Espíritu Santo en sí mismo, dentro del misterio de la Santísima Trinidad y su acción en bien de la Iglesia y de las almas.

II. Espíritu Santo es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

La doctrina católica nos enseña -como dogma primerísimo y fundamental entre todos- que existe un solo Dios en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Consta de manera clara y explícita en la divina revelación y ha sido propuesto infaliblemente por la Iglesia en todos los Símbolos de la fe.

El Espíritu Santo es, pues, la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo, no por vía de generación— como el Hijo es engendrado por el Padre— , sino en virtud de una corriente mutua e inefable de amor entre el Padre y el Hijo.

Los Santos Padres y la liturgia de la Iglesia utilizan con frecuencia dos nombres para designar al Espíritu Santo: «amor» y «don». «Amor» como término pasivo (que procede) del amor del Padre y del Hijo y «don» porque la índole del amor consiste en darse y sin el aliento de este divino Espíritu nada podemos hacer digno de la vida eterna.

III. Lo ocurrido en Jerusalén aquel día de Pentecostés a los cincuenta días de la Resurrección de Jesucristo, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, no fue algo aislado. Como hemos dicho, la acción del Espíritu continúa en la Iglesia y así, nuestra vida cristiana es auténtica vida sobrenatural y se desarrolla bajo la acción vivificadora y transformadora del Espíritu Santo

Esto es posible porque Dios habita en el alma en gracia: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 13). Con preferencia se atribuye esa inhabitación al Espíritu Santo, no porque quepa una presencia especial del Espíritu Santo que no sea común al Padre y al Hijo, sino por una muy conveniente apropiación, ya que es ésta la gran obra del amor de Dios al hombre y es el Espíritu Santo el Amor esencial en el seno de la Trinidad. De esa manera Dios nos hace participar de su vida divina y nos transforma e identifica con Él -en la medida que es posible a una criatura- al convertirnos en templo de la Santísima Trinidad y sagrario del Espíritu Santo¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?»: 1 Cor 3, 16).

Además, esta inhabitación se perfecciona y echa más hondas raíces al aumentar el grado de gracia santificante. Entre las causas determinantes de ese aumento figuran, en primer lugar, los sacramentos, que fueron instituidos por Jesucristo precisamente para darnos o aumentarnos la gracia santificante. De ahí que los debamos tener en una estima muy alta y procurar recibirlos con frecuencia y dignamente preparados, en especial la Eucaristía y la Penitencia (cfr. Antonio ROYO MARÍN, El gran desconocido, Madrid: BAC, 1987, 61-89).

*

Con la intercesión de la Virgen María, procuremos preparar bien nuestras almas para que el Espíritu Santo nos llene con sus gracias, nos fortalezca como a los primeros discípulos y seamos fieles para corresponder a sus dones.

Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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