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El valor perenne de la doctrina de Santo Tomás

Hoy, 7 de marzo, la Iglesia en su rito tradicional celebra la memoria de Santo Tomás de Aquino, “el más sabio entre los santos y el más santo entre los sabios”, en feliz frase acuñada por la Tradición[1]. La gran crisis doctrinal que vivimos en la Iglesia se debe a una profunda rebelión contra su enseñanza magisterial. El modernismo ha atacado las fuentes de la teología y su reflexión sistemática. Dichas fuentes son la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio. La Escritura aparece vaciada de contenido, negando su divina inspiración, su inerrancia y su historicidad. Los Padres aparecen manipulados, dándole más importancia a las puras opiniones que a su enseñanza unánime. Las decisiones de los Sumos Pontífices aparecen reinterpretadas como si fueran válidas solamente para un momento de la historia de la Iglesia, de tal modo que ahora son declaradas obsoletas.

Además, el modernismo ha atacado la reflexión sistemática de la teología. De este modo se ha alejado de la doctrina del Aquinate, para reemplazarla por falsas argucias, propias de los engaños de la filosofía contemporánea, que culminan en la “dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”[2].

Por esto no nos debe extrañar el profundo vaciamiento de la fe y del pensamiento católico que hoy sufrimos. Nada mejor, entonces, para contrarrestar tales engaños, que volver a la doctrina del Angélico Doctor. Como dice el p. Julio Meinvielle: “Santo Tomás va a producir una síntesis inédita, la culminación de todo el pensamiento anterior y la más grandiosa realización del pensamiento cristiano.”[3] Por esto es que él mismo con toda precisión ha sido llamado como “Flor de la Teología, Ornamento de la Filosofía, Delicias de los grandes ingenios, Templo de la Religión, Alcázar de la Iglesia, Doctor Angélico, Escudo de la fe católica, Martillo de los herejes, Luz de las escuelas, Varón enseñado de Dios y que bebió de la fuente de la Divinidad, entre los doctos doctísimo y entre los santos santísimo”[4]. El mismo maestro suyo, san Alberto Magno sostenía que su discípulo era: “El hombre más sabio después de su tiempo hasta el fin del mundo, sin temor de ser superado por nadie, cuyos escritos brillan sobre todos los demás por su pureza y su verdad”[5].

Presentamos ahora un resumen de la obra del p. Berthier realizada por Carlos Alberto Sacheri, aparecida en la revista Verbo, n° 83, agosto de 1968, pp. 19-28. Dado que el mártir llega hasta su tiempo, me ha parecido oportuno agregar las intervenciones del Magisterio posteriores al trabajo en cuestión.

 AUTORIDAD DOCTRINAL DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Presentamos a continuación una nómina de los Pontífices que expresaron en diferentes circunstancias el valor que la doctrina de Santo Tomás de Aquino, tanto en filosofía como en teología, tiene para la Iglesia Católica. La cantidad y el énfasis de los testimonios pontificios es tal que resultaría imposible transcribirlos en forma completa. Por esta razón nos hemos limitado a dar la nómina completa de los Papas que han aprobado y recomendado al Doctor Angélico, añadiendo algunos textos capitales que muestran el sentido de la constante preferencia que la Iglesia ha tenido y tiene por el santo doctor, a la vez que ponen de relieve la invariable actitud que a través de los siglos el Pastor Supremo ha mantenido en esta materia. Aquel a quien la Iglesia no ha cesado de calificar como Doctor Angélico, Doctor Eucarístico, Guía de los Estudios, Patrón de las Escuelas Católicas, etc., ha gozado desde siempre de un lugar eminentísimo y sin parangón dentro del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha vuelto a ratificar la vigencia permanente de su doctrina. Pero si un título resulta particularmente significativo es el de Doctor Común de la Iglesia; tanto por la universalidad de su doctrina, como por la elevación de sus principios. Ningún otro Doctor de la Iglesia ha sido objeto de tales calificativos. Santo Tomás no es un jefe de escuela, como otros doctores, pues en tal caso habría que incluirlo dentro de la escuela aristotélica. Se trata del único Doctor del cual la Iglesia haya dicho que ella hace propia su doctrina (Benedicto XV).

Ante las tergiversaciones que de tales testimonios ha hecho el progresismo modernista, resulta particularmente importante reafirmar la posición que Santo Tomás ha tenido, tiene y tendrá siempre dentro de la Iglesia Católica. Su autoridad doctrinal – como dijo Pío XII – no es algo que quede librado a una decisión subjetiva, sino que obliga en conciencia a todo católico. Contrariar el pensamiento unánime de los Pontífices para preferir otros autores, en materia tan delicada para la salvación, como son las cuestiones filosóficas y teológicas, no puede explicarse sino por una rebeldía ciega, por una débil sindéresis o por una formación muy deficiente.

CARLOS A. SACHERI

TESTIMONIOS DE LOS SOBERANOS PONTÍFICES[6]

Alejandro IV (1254-1261)                            9 – 23

Urbano IV (1264-1264)                                24 – 30

Clemente IV (1265-1268)                            31 – 36

Gregorio X (1271-1276)                               37 – 41

Inocencio V (1276)                                       42 – 44

Nicolás III (1277-1280)                               47 – 50

Martín IV (1281-1285)                                        51

Honorio IV (1285-1287)                               52 – 53

Nicolás IV (1288-1292)                                       54

Celestino V (1294)                                               55

Bonifacio VIII (1294-1303)                         56 – 57

Benedicto XI (1303-1304)                           58 – 59

Clemente V (1305-1314)                                     60

Juan XXII (1316-1334)                                 61 – 69

“Santo Tomás iluminó más a la Iglesia que todos los otros Doctores. En sus libros aprovecha más el hombre en un solo año, que en el estudio de los demás durante toda la vida.”, Alloc. Hab. In Consistorio, 1318.

18 julio 1323. Bula de canonización: Redemptionem misit Dominus                    62

Benedicto XII (1335-1342)                                 70

Clemente VI (1342-1352)                            71 – 78

  1. Ordena a los Predicadores no apartarse de la doctrina de Santo Tomás.

Inocencio VI (1352-1362)                                   79

“Si se exceptúa la doctrina canónica (Sagradas Escrituras), la de éste (Tomás) excede a todas en la propiedad de las palabras, en el estilo y modo de hablar, en la verdad de las sentencias, de forma que a los que la siguiesen y tuviesen, jamás se les verá fuera de las vías de la verdad y los que la impugnaren serán siempre tenidos por sospechosos acerca de ella”, Sermón de S. Tomás.

Urbano V (1362-1370)                                  80 – 86

“Es Nuestra voluntad y, según el tenor de las presentes Letras, os prevenimos que abracéis como verídica y católica la doctrina del bienaventurado Tomás y que hagáis estudio con todo ahínco para exponerla ampliamente.” Carta del 3-8-1368 al Canciller de la Universidad de Toulouse.

Gregorio XI (1370-1378)                              87 – 88

Urbano VI (1378-1389)                                       89

Bonifacio IX (1389-1404)                                   90

Inocencio VII (1404-1406)                                 91

6 julio 1406. Confirma la doctrina de los Predicadores, que es la de Santo Tomás. Const. Decens reputamus                                   91

Gregorio XII (1406-1409)                                   92

Alejandro V (1409-1410)                                     93

Martín V (1417-1431)                                          95

Eugenio IV (1431-1447)                              96 – 97

Nicolás V (1447-1455)                                 98 – 99

Calixto III (1455-1458)                                 100 – 101

Pío II (1458-1464)                                                102

Pablo II (1464-1471)                                            103

Sixto IV (1471-1484)                                            104

Inocencio VIII (1484-1492)                                105

Alejandro VI (1492-1503)                                   106

Julio II (1503-1513)                                             108

León X (1513-1521)                                      109 – 111

Clemente VII (1523-1534)                           113 – 115

Pablo III (1534-1549)                                   116 – 118

Julio III (1550-1555)                                            119

Pablo IV (1555-1559)                                          121

Pío IV (1559-1565)                                              122

Pío V (1566-1572)                                         123 – 125

“Como la Providencia de Dios Omnipotente ha querido que por la fuerza y la verdad de la doctrina del Doctor Angélico, desde el tiempo en que fue adscrito en el catálogo de los ciudadanos del cielo, todas las herejías y los errores que se siguieran, confundidos y convictos se disiparan, lo que muchas veces se vio antes, y ahora recientemente se ve más claro en los sagrados decretos del Concilio de Trento, hemos determinado con mayor afecto de gratitud y devoción la memoria de aquél por cuyos méritos, el orbe de la tierra diariamente se limpia de pestíferos errores.” Bula Mirabilis Deus, 2-4-1567.

  1. Ordena la edición de las obras completas de Santo Tomás 125

Gregorio XIII (1572-1585)                           126 – 127

Sixto V (1585-1590)                                      128 – 130

Clemente VIII (1592-1605)                         134 – 140

  1. Recomienda a los PP. de la Compañía de Jesús adherir a Santo Tomás 140

León XI (1605)                                                     141

Pablo V (1605-1621)                                     142 – 144

Urbano VIII (1624-1644)                             146 – 147

Alejandro VII (1655-1667)                           149 – 151

Clemente X (1670-1676)                                     153

Inocencio XI (1676-1689)                            154 – 155

Alejandro VIII (1689-1691)                                156

Inocencio XII (1691-1700)                          157 – 158

Clemente XI (1700-1721)                            159 – 165

23 abril 1718. Aprueba solemnemente los estatutos de la Academia de Santo Tomás en Roma. Const. Inscrutabili.                                                                                                                                159

Inocencio XIII (1721-1724)                                166

Benedicto XIII (1724-1730)                        167 – 174

Clemente XII (1730-1740)                           175 – 177

Benedicto XIV (1740-1748)                         178 – 181

“De cuya doctrina [la Suma Teológica] muchos pontífices romanos, Predecesores Nuestros, pronunciaron encomios honrosísimos, y Nos mismo, en los libros que hemos publicado sobre diversas materias, después de haber escrutado y comprendido con toda diligencia la mente del Angélico Doctor, no hemos hecho otra cosa sino admirarla y seguirla, confesando sinceramente que si algo bueno se encuentra en esos libros nuestros, no a Nos, sino a tan grande maestro debe atribuirse todo.”

Clemente XIII (1758-1769)                         182 – 183

Clemente XIV (1769-1774)                                 185

Pío VI (1775-1799)                                       185 – 186

Pío VII (1800-1823)                                             187

León XII (1823-1829)                                          188

Pío IX (1846-1878)                                       191 – 195

León XIII (1878-1903)                                 196 – 305

“Entre todos los doctores escolásticos descuella sobremanera como príncipe y maestro que fue de todos ellos, el angélico Tomás de Aquino, de quien nota muy bien Cayetano, que por la suma veneración con que honró a los doctores sagrados, recibió en cierto modo el entendimiento de todos ellos. Las doctrinas de éstos, dispersas a modo de miembros separados de un mismo cuerpo, Tomás las unió y ligó en un haz, dispúsolas con orden admirable y con tales argumentos las enriqueció, que con justa razón es tenido el santo Doctor por auxilio y honor de la Iglesia.

“De ingenio agudo, de memoria fácil y tenaz, de vida inmaculada, amador solamente de la verdad, instruido copiosísimamente en las ciencias divinas y humanas, con razón fue comparado al sol, pues vivificó al orbe de la tierra con el calor de las virtudes y extendió por todo él la luz de la doctrina. No hay parte alguna de la filosofía que no tratara con solidez y agudeza juntamente: trató de las leyes del raciocinio, de Dios y de las sustancias separadas, del hombre y de las otras cosas sensibles, de los actos humanos y de sus principios, de manera tal, que nada se echa de menos, ni la abundancia de la materia de las cuestiones, ni la conveniente disposición de las partes, ni más cumplido acierto en el método, ni mayor firmeza en los principios y vigor en la argumentación, ni la propiedad en los términos, ni la facilidad en la explicación de los puntos más abstrusos.

“A lo cual se allega que el angélico Doctor abarcó  las conclusiones filosóficas en las razones y principios que por su considerable latitud contienen dentro de sí la semilla de innumerables verdades, desarrolladas oportunamente con fruto muy abundante por los maestros que vinieron después. Y como asimismo se sirvió de este método en la refutación de los errores, alcanzó por aquí a develar él solo todos los de los tiempos anteriores y proporcionar armas incontrastables con qué expugnar y destruir los que sucesivamente habían de nacer en adelante.

“… La razón, elevada en alas del Doctor angélico hasta la cumbre del humano saber, apenas puede elevarse ya a más sublime altura, ni a la fe le es dado obtener más eficaces y numerosos auxilios, que los que obtuvo gracias a Santo Tomás… Casi todos los fundadores de las órdenes religiosas, y cuantos las han dirigido con reglas y preceptos, pusieron a los que entrasen en ellas el estudiar la doctrina de Santo Tomás y el de darle entera adhesión, previniendo que a ninguno fuera lícito dejar de seguir ni aun en lo más mínimo las huellas de tan insigne varón. Sin hablar de la religiosa familia de los dominicos, que con harta justicia se gozan, considerándole como propia gloria, en este sumo maestro, los estatutos de los benedictinos, carmelitas, agustinos, de la Compañía de Jesús y de otras sagradas congregaciones, son testimonio indubitable de haberles sido puesta la misma ley.

“… Pero aquél fue el mayor honor de Santo Tomás, suyo propio y no comunicado a ninguno de los doctores católicos, que los Santos Padres del Concilio Tridentino, juntamente con las divinas Escrituras y los decretos de los Sumos Pontífices, quisieron que en medio de él, para su norma y dirección, se ofreciese ante los ojos la Suma de Tomás de Aquino, a fin de acudir a ella en busca de consejo, razones y oráculos.

“… Manifestamos que una cosa venimos hace mucho tiempo deseando con el mayor empeño: que todos vosotros proveáis a que la juventud estudiosa sea rica y copiosamente apacentada en los raudales purísimos de sabiduría que emanan perpetuamente de la fuente sobreabundante del angélico Doctor.

“… Os exhortamos con todas nuestras fuerzas, Venerables Hermanos, a que para honor y defensa de la fe católica, para bien de la sociedad, para el progreso de todas las ciencias, restablezcáis y propaguéis con toda la latitud posible, la áurea ciencia de Santo Tomás.” Encíclica Aeterni Patris, del 4-8-1879.

15 octubre 1879. Manifiesta la intención de restaurar la Academia romana de Santo Tomás, publicar sus obras completas. Carta Iampridem                                                                              219 – 225

18 enero 1880. Ordena nueva edición de las obras completas de Santo Tomás. Motu Proprio Placere Nobis   226 – 227

7 marzo 1880. Proclama la necesidad del estudio de la filosofía de Santo Tomás. Aloc. Pergratus Nobis         228 – 233

4 agosto 1880. Proclama a Santo Tomás Patrono universal de las Escuelas Católicas. Breve Cum hoc sit        238 – 242

30 diciembre 1892. Invita a los miembros de la Compañía de Jesús a seguir la doctrina de Santo Tomás. Breve Gravissime Nos                                                                                                  318 – 325

25 noviembre 1898. Igual invitación dirigida a los Frailes Menores                352

9 mayo 1895. Aprueba las nuevas const. de la Acad. rom. de Santo Tomás. Carta apost. Constitutiones           341

8 setiembre 1899. Carta enc. al clero francés Depuis le jour                       355

Pío X (1903-1914)                                         366 – 388

“Por lo que hace al estudio, queremos y con todo encarecimiento mandamos, que se establezca la filosofía escolástica como fundamento de los estudios sagrados. Y en este punto principal entiéndase que al ordenar el estudio de la filosofía escolástica Nos referimos singularmente a la que dejó en herencia Santo Tomás de Aquino; acerca de la cual queremos que siga en todo su vigor cuanto fue impuesto por nuestro Antecesor y, si es necesario, lo renovamos y confirmamos y mandamos que por todos sea estrictamente observado. A los obispos toca el urgir que se guarden estos mandatos en lo sucesivo, si viesen que en algunos Seminarios se hubieran desatendido hasta ahora. Lo mismo preceptuamos a los Superiores de las Órdenes Religiosas.” Motu Proprio Sacrorum Antistitum, 1-9-10.

“Así como hay que rechazar cierta opinión de los antiguos que sostenían que nada importaba a la verdad de la fe lo que cada uno sienta por las cosas creadas, mientras se piense rectamente de Dios; así se han de guardar santa e inviolablemente los principios filosóficos puestos por Santo Tomás.

“… Lo que en Santo Tomás es capital no debe incluirse en el género de opiniones de las que por ambas partes se puede disputar, sino que debe ser tenido como el fundamento sobre el que descansa toda la ciencia de las cosas naturales y divinas; quitado el cual fundamento, o de cualquier modo debilitado, se sigue, como consecuencia necesaria, que los alumnos de las sagradas disciplinas o enseñanzas ni siquiera podrán entender la misma significación de las palabras por medio de las cuales propone la Iglesia los dogmas revelados por Dios.

“Así, pues, todos cuantos se dedican al estudio de la Filosofía o de la sagrada Teología saben ya lo que dijimos en otra ocasión: que se exponen a grave detrimento si se apartan en lo más mínimo de Santo Tomás, sobre todo en cuanto a la Metafísica. Y ahora, además, declaramos que si se atreven a interpretar perversamente o a despreciar por completo los principios y proposiciones mayores de la filosofía tomista, no sólo no siguen a Santo Tomás, sino que andan extraviados y muy lejos de él. Y téngase presente que si alguna vez ha sido aprobada y alabada la doctrina de cualquier autor o santo por Nos o por Nuestros Predecesores, y si además de alabada esa doctrina, se ha aconsejado difundirla y sostenerla, fácilmente se entenderá que se la ha recomendado en cuanto estaba del todo conforme o en nada se oponía a los principios del Aquinatense.” Motu Proprio Doctoris Angelici, 29-6-14.

8 setiembre 1907. Enc. Pascendi                                                                680 – 682

27 julio 1914. Publicación de las XXIV tesis tomistas                                    682

Benedicto XV (1914-1922)

31 diciembre 1914. Motu Proprio Non multo, sobre la Acad. rom. de Santo Tomás.

7 marzo 1916. Respuesta de la Congr. de Sem. y Univ. Sobre las XXIV tesis.

“La Iglesia ha proclamado que la doctrina de Santo Tomás es su propia doctrina, Cum Thomae doctrinam Ecclesia suam propiam edixit esse”. Encíclica Fausto Appetente die, 29-6-21.

Código de Derecho Canónico: Los profesores deberán tratar los estudios de filosofía racional y de Teología, y la formación de los alumnos en las ciencias, según el método, doctrina y principios del Doctor Angélico y santamente los tendrán (Canon 1366).

Pío XI (1922-1939)

1 agosto 1922. Carta apostólica sobre la educación del clero. “A todos cuantos ahora sienten hambre de la verdad les decimos: id a Tomás de Aquino”. Pío XI, Studiorum Ducem.

29 junio 1923. Con motivo del 6º centenario de la canonización de Santo Tomás.

Pío XII (1939-1958)

“Si se han captado bien esos puntos de vista (los errores teológicos y filosóficos denunciados antes), se comprenderá sin pena por qué la Iglesia exige que sus futuros sacerdotes estén formados en las disciplinas filosóficas “según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico”. Ello es debido a que la experiencia de muchos siglos le ha enseñado claramente que el método del Aquinate, ya se trate de formar los espíritus jóvenes, o de profundizar las verdades más abstrusas, se impone entre todos por sus singulares méritos. Su doctrina se armoniza con la divina revelación como por un justo acorde; ella es particularmente eficaz para establecer con certeza los fundamentos de la fe, como así para recoger, de manera segura y útil, los frutos del verdadero progreso. Por tal motivo, es necesario deplorar con vehemencia que esa filosofía acogida y reconocida por la iglesia, sea hoy despreciada por algunos que osan imprudentemente declararla anticuada en su forma o racionalista en su método de pensamiento.

“La razón no llegará a ejercerse así con firmeza y precisión a menos de haberse formado convenientemente, es decir, si ha sido penetrada por esa filosofía sana que hemos recibido de los siglos cristianos que nos han precedido, como un patrimonio largo ha constituido, que ha alcanzado un grado superior de autoridad, puesto que el mismo Magisterio de la Iglesia ha sometido a las normas de la divina revelación sus principales aserciones, las cuales grandes espíritus habían descubierto y definido poco a poco. Esta filosofía recibida y comúnmente admitida en la iglesia, defiende el auténtico y exacto valor del conocimiento humano, los principios inviolables de la metafísica – principios de razón suficiente, de causalidad y de finalidad – y la capacidad de alcanzar una verdad cierta e inmutable.

“Esta filosofía presenta numerosos puntos que no tocan ni directa ni indirectamente las cuestiones de fe y de moral, y la Iglesia, por tal motivo, los deja a la libre discusión de los espíritus competentes. En otros planos, por el contrario, en aquellos que conciernen los principios y enunciados esenciales que Nos hemos recordado, no existe la misma libertad. Aún en esas cuestiones esenciales está permitido dar a la filosofía una presentación más justa y más rica… pero no está jamás permitido el destruirla, el contaminarla por falsos principios, o el estimar que se trata de un monumento imponente, sin duda, pero de otra época”. Encíclica Humani Generis, 1950.

Juan XXIII (1958-1963)

“Considerando todas estas cosas, puesto que en primer lugar el Ateneo Angélico, abierto a todos los pueblos, se halla en las condiciones legítimas exigidas por la Constitución Apostólica, para que florezcan los estudios de las Universidades y de los Institutos; puesto que, además, como dijimos, «pedimos especialmente que el tesoro de los presentes del divino Tomás sea exhibido con mayor prodigalidad con gran ventaja de la cristiandad y que en realidad sus escritos no se diferencian en ningún momento de la índole y las características de nuestro tiempo sean publicados ampliamente»; puesto que, por último, estamos convencidos de que, si se estimulan los estudios de la doctrina del Aquinate con mayor celo e inteligencia, será para que las deliberaciones de los Padres del Concilio Ecuménico Vaticano II resulten más perfectas, por estos motivos, con motu proprio y con Nuestra autoridad apostólica, decretando y proclamamos que el Pontificio Ateneo Angélico, que se extiende a todas las naciones, legítimamente fundado y administrado por la Orden de los Frailes Predicadores, desde hoy en adelante se llame «Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma»; e igualmente ordenamos que esta nueva denominación se coloque en los estatutos y reglamentos del Ateneo que todavía siguen en vigencia.” Motu Proprio Dominicanus Orbe, 7-3-63.

Pablo VI (1968-1978[7])

“Escuchen los profesores con reverencia la voz de los Doctores de la Iglesia, entre los cuales sobresale en primer término; porque es tal la penetración de su ingenio, su amor a la verdad, su destreza y sabiduría en la investigación, explicación y ordenamiento de las verdades más sublimes, que es un instrumento eficacísimo, no solamente para salvaguardar los fundamentos de la fe, sino también para ahondar más profundamente en sus dogmas y sacar más copiosamente los frutos de salvación que contienen.” Alocución del 12-3-64 en la Universidad Gregoriana.

“La obra de Santo Tomás no ha pasado ni ha envejecido, sino que conserva aún hoy todo su valor y toda su pujanza. Su filosofía posee una aptitud permanente para guiar al espíritu humano en la búsqueda de la verdad, de la verdad del ser real que es su propio y primer objeto, y de los primeros principios, hasta llegar al descubrimiento de su causa trascendente que es Dios. Ella contiene, sublimada, la metafísica natural de la inteligencia humana, porque refleja las esencias de las cosas reales en su verdad cierta e inmutable. Por eso no está confinada en el tiempo ni en el espacio, no es italiana o europea,  ni del siglo XIII o del medioevo, sino de todos los tiempos y de todas las latitudes y tan actual hoy como cuando vivía el Santo Doctor, llamado con razón homo ómnium horarum”. Alocución del 10-9-65 al Congreso Tomista Internacional.

“El contacto asiduo con la obra del Angélico, lejos de llevar al exclusivismo, a la cerrazón, al formalismo vacuo o a la abstracción estéril, procura más bien una formación sólida y apropiada al arte de pensar bien, junto con un espíritu comprensivo y acogedor, que sabe apreciar en lo que valen todas las otras manifestaciones del espíritu humano.” Alocución del 8-10-65 a los miembros de la Fundación canadiense “Santo Tomás de Aquino”.

Concilio Vaticano II

“Enséñense las disciplinas filosóficas de forma que los alumnos lleguen por encima de todo, a un conocimiento sólido y coherente del hombre, del mundo y de Dios, apoyados en el patrimonio filosófico de perenne validez, teniendo en cuenta también las investigaciones filosóficas de la edad moderna, particularmente aquellas que ejercen mayor influjo en la propia nación, y los últimos progresos de las ciencias.”

“… Para ilustrar de la forma más completa posible los misterios de la salvación, aprendan los alumnos a profundizar en ellos y a descubrir su conexión, por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás.” Decreto Optatam Totius, n. 15-16.

“La Iglesia atiende igualmente con desvelo las escuelas de grado superior, sobre todo las Universidades y Facultades. Más aún, en las que dependen de ella, procura organizarlas de modo que cada disciplina se cultive según sus propios principios, sus propios métodos y la propia libertad de investigación científica, a fin de que cada día sea más profunda la comprensión que de ella se alcance y, teniendo en cuenta con esmero las investigaciones más recientes del progreso contemporáneo, se perciba con profundidad mayor, cómo la fe y la razón tienden a la misma verdad, siguiendo las huellas de los doctores de la Iglesia, sobre todo de Santo Tomás de Aquino”. Declaración Gravissimum Educationis, n. 10.

Pablo VI (Continuación)

  1. Lumbrera de la Iglesia (“Lumen Ecclesiae”) y del mundo entero, así es aclamado con razón Santo Tomás de Aquino, el cual es objeto de especiales celebraciones este año, en que se cumple el VII centenario de su muerte, acaecida en el monasterio de Fossanova el 7 de marzo de 1274, mientras se dirigía al II Concilio General de Lyon, obedeciendo órdenes de nuestro predecesor el beato Gregorio X. […]
  2. Queremos manifestar públicamente nuestra conformidad con los que sostienen que, aun setecientos años después de su muerte, el Santo Doctor debe ser celebrado no sólo como excelso pensador y doctor del pasado, sino también por la vigencia de sus principios, de su doctrina y de su método;  y deseamos explicar al mismo tiempo las razones de la autoridad científica que le reconocen el Magisterio y las instituciones de la Iglesia, y especialmente muchísimos predecesores nuestros, que no dudaron en otorgarle el título de “Doctor común”, que se le dio por primera vez el año 1317[8]. […]
  3. Sabemos que hoy día no todos están de acuerdo con esto. Pero no se nos oculta que muchas veces el recelo o aversión que se siente hacia Santo Tomás deriva de un contacto superficial y saltuario con su doctrina, más aún, del hecho de que no se leen ni se estudian sus obras. Por eso, también nosotros, como hizo Pío XI, recomendamos a todos los que deseen formarse un criterio maduro acerca de la postura que hay que adoptar en esta materia: ¡Id a Tomás![9]. Buscad y leed las obras de Santo Tomás —repetimos con gusto— no sólo para encontrar alimento espiritual seguro en aquellos opulentos tesoros, sino también y ante todo, para daros cuenta personalmente de la incomparable profundidad, riqueza e importancia de la doctrina que contienen. […]
  4. No sólo se preocupó de conocer las ideas nuevas, los problemas nuevos y las nuevas afirmaciones e impugnaciones de la razón acerca de la fe, sino también de estudiar con ahínco ante todo la Sagrada Escritura, que explicó desde sus primeros años de magisterio en París, las obras de los Santos Padres y escritores cristianos, la tradición teológica y jurídica de la Iglesia y al mismo tiempo toda filosofía anterior y contemporánea, no sólo aristotélica, sino también platónica, neoplatónica, romana, cristiana, árabe y judía, sin pretender en absoluto efectuar una ruptura con el pasado, ruptura que lo habría privado de su raíz, de manera que se puede decir con toda razón que asimiló bien la frase de San Pablo: “no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz la que te sostiene a ti” (Rom 11,18).

Por la misma razón, fue muy dócil al Magisterio de la Iglesia, al que compete guardar y señalar la “regla de la fe”[10] a todos los creyentes, y antes que nada a los teólogos, en virtud del mandato divino y de la asistencia indefectible prometida por Cristo a los Pastores de su rebaño[11]. Pero sobre todo reconocía la autoridad suprema y definitiva en materia de fe al Magisterio del Romano Pontífice[12], a cuyo juicio sometió por eso, a punto de morir, todos sus escritos, tal vez porque era plenamente consciente de la inmensa amplitud y de la audacia de la labor innovadora que había realizado. […]

  1. Al realizar la obra cumbre del pensamiento medieval, Santo Tomás no se encontraba solo. Antes y después de él, otros muchos doctores ilustres trabajaron en la misma dirección: entre ellos hay que recordar a San Buenaventura —de cuya muerte se celebra también el VII centenario, pues falleció el mismo año que Santo Tomás—, a San Alberto Magno, Alejandro de Hales y Duns Scoto. Pero sin duda Santo Tomás, por disposición de la divina Providencia, puso el remate a toda la teología y filosofía “escolástica”, como suele llamarse, y fijó en la Iglesia el quicio central en torno al cual, entonces y después, ha podido girar y avanzar con paso seguro el pensamiento cristiano.
  2. La figura del Aquinate desborda el contexto histórico y cultural en que se movió, situándose en un plano de orden doctrinal que trasciende las épocas históricas transcurridas desde el siglo XIII hasta nuestros días. Durante esos siglos la Iglesia ha reconocido la importancia y el valor perenne de la doctrina tomista, especialmente en algunos momentos señalados, como en los Concilios Ecuménicos de Florencia, de Trento y Vaticano I[13], con ocasión de la promulgación del Código de Derecho Canónico[14], y en el Concilio Vaticano II, del que luego volveremos a hablar.

Además, nuestros predecesores y nosotros mismos, hemos afirmado repetidas veces la autoridad de Santo Tomás. No se trata —quede bien claro— de un conservadurismo a ultranza, cerrado al sentido de evolución histórica y medroso ante el progreso, sino de una opción fundada en razones objetivas e intrínsecas a la doctrina filosófica y teológica del Aquinate, que nos permiten ver en él a un hombre, deparado, por superior designio, a la Iglesia, el cual, con la originalidad de su trabajo creador, imprimió una trayectoria nueva a la historia del pensamiento cristiano y principalmente de las relaciones entre la inteligencia y la fe. […]

  1. De esta manera la Iglesia ha querido reconocer en la doctrina de Santo Tomás la expresión particularmente elevada, completa y fiel de su Magisterio y del sensus fidei de todo el pueblo de Dios, como se habían manifestado en un hombre provisto de todas las dotes necesarias y en un momento histórico especialmente favorable.

La Iglesia, para decirlo brevemente, convalida con su autoridad la doctrina del Doctor Angélico y la utiliza como instrumento magnífico, extendiendo de esta manera los rayos de su Magisterio al Aquinate, tanto y más que a otro insignes Doctores suyos. […]

  1. La Iglesia ha preferido la doctrina de Santo Tomás, proclamándola como propia[15], sin afirmar con ello que no sea lícito seguir otra escuela que tenga derecho de ciudadanía en la Iglesia[16], y la ha favorecido a causa de su experiencia multisecular[17]. También en la actualidad el Angélico y el estudio de su doctrina constituyen, por ley, la base de la formación teológica de los que están llamados a la misión de confirmar y robustecer dignamente a los hermanos en la fe[18]. […]
  2. Es necesario seguir los pasos de los Doctores de la Iglesia, especialmente de Santo Tomás[19]. Es la primera vez que un Concilio Ecuménico [refiriéndose al Vaticano II] recomienda a un teólogo, y éste es Santo Tomás. […]
  3. Como ha escrito recientemente un insigne teólogo, miembro del Sacro Colegio: “El mejor modo de honrar a Santo Tomás es ahondar en la verdad a la que él sirvió, y, en la medida de lo posible, demostrar su capacidad para incorporar los descubrimientos que, con el paso del tiempo, el ingenio humano logra realizar”[20].
  4. El Santo Doctor de la Iglesia —como afirma su primer biógrafo—, no sólo “con la claridad de su doctrina ganó más discípulos que los demás para el amor a la ciencia”[21], sino que dio también ejemplo magnífico de santidad, digno de ser imitado por los contemporáneos y por la posteridad. Baste referir las famosas palabras que pronunció poco antes de terminar su breve peregrinación terrena y que parecen digno colofón de su vida: “Te recibo, precio de la redención de mi alma, te recibo, viático de mi peregrinación, por cuyo amor he estudiado, velado y trabajado; te he predicado y enseñado; jamás he dicho nada contra ti, pero si acaso lo hubiera dicho, ha sido de buena fe y no sigo obstinado en mi opinión. Si algo menos recto he dicho sobre éste lo demás sacramentos, lo confío completamente a la corrección de la santa Iglesia  romana, en cuya obediencia salga ahora de esta vida”[22].

Sin duda por ser santo, “el más santo entre los doctos y el más docto entre los santos”, como de él se ha dicho[23], nuestro predecesor León XIII no sólo lo propuso como maestro y guía, sino que también lo proclamó patrono de todas las escuelas católicas de cualquier orden y grado[24]; título que nos place ratificar. Carta Lumen Ecclesiae, en el VII Centenario de la muerte de Santo Tomás, 20 de noviembre de 1974.[25]

Juan Pablo II (1978-2005)

  1. ¿Cuáles son las dotes que han merecido al Aquinate, además de los títulos de “Doctor Ecclesiae” y de “Doctor Angelicus”, que le dio San Pío V, y el de “Patronus caelestis studiorum optimorum”, que le confirió León XIII con la Carta Apostólica “Cum hoc sit”, del 4 de agosto de 1880, es decir, en el primer aniversario de la Encíclica que estamos conmemorando?[26]

La primera es sin duda la de haber profesado un pleno obsequio de la mente y del corazón a la revelación divina; obsequio renovado en su lecho de muerte, en la abadía de Fossanova, el 7 de marzo de 1274. ¡Cuán beneficioso sería para la Iglesia de Dios que también hay todos los filósofos y teólogos católicos imitasen el ejemplo sublime dado por el “Doctor communis Ecclesiae”! Este obsequio prestó también el Aquinate a los Santos Padres y Doctores, como testigos concordes de la Palabra revelada, de tal manera que el cardenal Cayetano no dudó en escribir —y el texto se recoge en la Encíclica— “Santo Tomás, porque tuvo en suma reverencia a los Sagrados Doctores, heredó, en cierto sentido el pensamiento de todos ellos”[27].

La segunda dote que justifica el primado pedagógico del Angélico, es el gran respeto que profesó por el mundo visible, como obra, y por lo tanto vestigio e imagen de Dios Creador. Injustamente, pues, se ha osado tachar a Santo Tomás de naturalismo y empirismo. “El Doctor Angélico, se lee en la Encíclica, dedujo las conclusiones de las esencias constitutivas y de los principios de las cosas, cuya virtualidad es inmensa, conteniendo como en un embrión, las semillas de verdades casi infinitas, que los futuros maestros han hecho fructificar, a su tiempo”[28].

Finalmente, la tercera dote que indujo a León XIII a proponer al Aquinate como modelo de “los mejores estudios” a los profesores y alumnos, es la adhesión sincera y total, que conservó siempre, al Magisterio de la Iglesia, a cuyo juicio sometió todas sus obras, durante la vida y en el momento de la muerte. ¡Quién no recuerda la profesión emocionante que quiso pronunciar en la celda de la abadía de Fossanova, de rodillas ante la Eucaristía, antes de recibirla como Viático de vida eterna! “Las obras del Angélico, escribe también León XIII, contienen la doctrina más conforme al Magisterio de la Iglesia”[29]. Y no se deduce de los escritos del Santo Doctor que él haya reservado el obsequio de su mente solamente al Magisterio solemne e infalible de los Concilios y de los Sumos Pontífices. Hecho este edificantísimo y digno también de ser imitado hoy por cuantos desean conformarse a la Constitución dogmática Lumen gentium[30]. Discurso al Angelicum, 17 de noviembre de 1979, en el primer centenario de la Aeterni Patris.

  1. No han pasado en vano los 100 años de la EncíclicaAeterni Patris, ni ha perdido su actualidad ese célebre Documento del Magisterio. La Encíclica se basa en un principio fundamental que le confiere una profunda unidad orgánica interior. Es el principio de la armonía entre las verdades de la razón y las de la fe. Por esto tenía grandísimo interés León XIII. […]
  2. Este método realista e histórico, fundamentalmente optimista y abierto, hace de Santo Tomás no sólo el “Doctor communis Ecclesiae”, como lo llama Pablo VI en su hermosa Carta Lumen Ecclesiae, sino el “Doctor Humanitatis”, porque está siempre dispuesto y disponible a recibir los valores humanos de todas las culturas. Con toda razón puede afirmar el Angélico:“Veritas in seipsa fortis est et nulla impugnatione convellitur”[31]. La verdad, como Jesucristo, puede ser renegada, perseguida, combatida, herida, martirizada, crucificada; pero siempre revive y resucita y no puede jamás ser arrancada del corazón humano. Santo Tomás puso toda la fuerza de su genio al servicio exclusivo de la verdad, detrás de la cual parece querer desaparecer como por temor a estorbar su fulgor, para que ella, y no él, brille en toda su luminosidad. […]
  3. A la fidelidad a la voz de las cosas, en filosofía, corresponde en teología, según Santo Tomás, la fidelidad a la voz de la Palabra de Dios, transmitida por la Iglesia. Su norma es el principio que nunca viene a menos:“Magis standum est auctoritati Ecclesiae… quam cuiuscumque Doctoris”[32]. La verdad que propone la autoridad de la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo es, pues, la medida de la verdad, que expresan todos los teólogos y doctores pasados, presentes y futuros. Aquí la autoridad de la doctrina del Aquinate se resuelve y se refunde en la autoridad de la doctrina de la Iglesia. He aquí por qué la Iglesia lo ha propuesto como modelo ejemplar de la investigación teológica.

También en teología el Aquinate prefiere, pues, a la voz de los Doctores, y a la propia voz, la de la Iglesia universal. Discurso del 13 de septiembre de 1980.

Hablando sobre la formación teológica de los seminaristas, se ordena: “Ha de haber clases de teología dogmática, fundada siempre en la palabra de Dios escrita, juntamente con la sagrada Tradición, con las que los alumnos conozcan de modo más profundo los misterios de salvación, teniendo principalmente como maestro a santo Tomás; y también clases de teología moral y pastoral, de derecho canónico, de liturgia, de historia eclesiástica y de otras disciplinas, auxiliares y especiales, de acuerdo con las normas del Plan de formación sacerdotal”. Código de Derecho Canónico, cn. 252, 3.

[Introducción] La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1Jn 3, 2).

  1. Convencido profundamente de que “omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est[33], santo Tomás amó de manera desinteresada la verdad. La buscó allí donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al máximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en él la pasión por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanzó “cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado”[34]. Con razón, pues, se le puede llamar “apóstol de la verdad”[35]. Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer. […]
  2. Si en diversas circunstancias ha sido necesario intervenir sobre este tema, reiterando el valor de las intuiciones del Doctor Angélico e insistiendo en el conocimiento de su pensamiento, se ha debido a que las directrices del Magisterio no han sido observadas siempre con la deseable disponibilidad. En muchas escuelas católicas, en los años que siguieron al Concilio Vaticano II, se pudo observar al respecto una cierta decadencia debido a una menor estima, no sólo de la filosofía escolástica, sino más en general del mismo estudio de la filosofía. Con sorpresa y pena debo constatar que no pocos teólogos comparten este desinterés por el estudio de la filosofía. […]
  3. A la luz de estas reflexiones, se comprende bien por qué el Magisterio ha elogiado repetidamente los méritos del pensamiento de santo Tomás y lo ha puesto como guía y modelo de los estudios teológicos. Lo que interesaba no era tomar posiciones sobre cuestiones propiamente filosóficas, ni imponer la adhesión a tesis particulares. La intención del Magisterio era, y continúa siendo, la de mostrar cómo santo Tomás es un auténtico modelo para cuantos buscan la verdad. En efecto, en su reflexión la exigencia de la razón y la fuerza de la fe han encontrado la síntesis más alta que el pensamiento haya alcanzado jamás, ya que supo defender la radical novedad aportada por la Revelación sin menospreciar nunca el camino propio de la razón. Carta Encíclica Fides et Ratio, 14 de septiembre de 1998[36].

Benedicto XVI (2005-2013)

Después de algunas catequesis sobre el sacerdocio y mis últimos viajes, volvemos hoy a nuestro tema principal, es decir, a la meditación de algunos grandes pensadores de la Edad Media. Últimamente habíamos visto la gran figura de san Buenaventura, franciscano, y hoy quiero hablar de aquel a quien la Iglesia llama el Doctor communis: se trata de santo Tomás de Aquino. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio recordó que «la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología»[37]. No sorprende que, después de san Agustín, entre los escritores eclesiásticos mencionados en el Catecismo de la Iglesia católica, se cite a santo Tomás más que a ningún otro, hasta sesenta y una veces. También se le ha llamado el Doctor Angelicus, quizá por sus virtudes, en particular la sublimidad del pensamiento y la pureza de la vida. […]

Los últimos meses de la vida terrena de Tomás están rodeados por una clima especial, incluso diría misterioso. En diciembre de 1273 llamó a su amigo y secretario Reginaldo para comunicarle la decisión de interrumpir todo trabajo, porque durante la celebración de la misa había comprendido, mediante una revelación sobrenatural, que lo que había escrito hasta entonces era sólo «un montón de paja». Se trata de un episodio misterioso, que nos ayuda a comprender no sólo la humildad personal de Tomás, sino también el hecho de que todo lo que logramos pensar y decir sobre la fe, por más elevado y puro que sea, es superado infinitamente por la grandeza y la belleza de Dios, que se nos revelará plenamente en el Paraíso. Unos meses después, cada vez más absorto en una profunda meditación, Tomás murió mientras estaba de viaje hacia Lyon, a donde se dirigía para participar en el concilio ecuménico convocado por el Papa Gregorio x. Se apagó en la abadía cisterciense de Fossanova, después de haber recibido el viático con sentimientos de gran piedad.

La vida y las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino se podrían resumir en un episodio transmitido por los antiguos biógrafos. Mientras el Santo, como acostumbraba, oraba ante el crucifijo por la mañana temprano en la capilla de San Nicolás, en Nápoles, Domenico da Caserta, el sacristán de la iglesia, oyó un diálogo. Tomás preguntaba, preocupado, si cuanto había escrito sobre los misterios de la fe cristiana era correcto. Y el Crucifijo respondió: «Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?». Y la respuesta que dio Tomás es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisiéramos darle siempre: «¡Nada más que tú, Señor!»[38]. Catequesis del 2 de junio de 2010[39].

Padre Jorge Luis Hidalgo

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[1] Cf. Discorsi di PIO XI, Turín 1960, vol. I, p. 783, citado por PABLO VI, Lumen Ecclesiae, n. 30.

[2] CARD. JOSEPH RATZINGER, Homilía pro eligendo Pontifice, 18 de abril de 2005.

[3] P. JULIO MEINVIELLE, De la cábala al progresismo, Edit. Calchaquí, Salta, 1970, p. 201.

[4] Flos sanctorum. La vida de Santo Tomás de Aquino, Barcelona, 1731, n. 6 t. 1 p. 361, citado por S. RAMIREZ, Autoridad doctrinal de Santo Tomás, en SANTO TOMAS, Suma Teológica, t. 1, BAC, p. 155. Recomiendo vivamente la lectura íntegra de esta obra.

[5] Citado por S. RAMIREZ, Idem, p. 78.

[6] J. J. BERTHIER, O. P., Sanctus Thomas Aquinas “Doctor Communis” Ecclesiae (vol. I: Testimonia Ecclesiae), Roma, 1914. La columna de números se refiere a los párrafos de esta obra.

[7] Carlos Sacheri no colocó el año de la muerte de Pablo VI por la sencilla razón que fue asesinado en 1974.

[8] Pío XI, Encícl. Studiorum DucemAAS 15, 1923, p. 314. Cf. J. J. Berthier, Sanctus Thomas Aquinas “Doctor Communis” Ecclesiae Romae 1914, p. 177 ss.”; J. Koch, Philosophische und theologische Irrtumlisten von 1270-1329: Mélanges Mandonnet, París 1930, t. II, p. 328, n. 2; J. Ramirez, De autoritate doctrinali S. Thomas Aquinatis.Salmanticae 1952, pp. 35-107.

[9] Encícl. Studiorum DucemAAS 15, 1923, p. 323.

[10] Cf. Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 10, ad 3: Ed. Leonina. VIII, p. 24.

[11] Cf. Summa Theologiaeib., a. 10: 1. C.: Lc 22, 32 allí citado.

[12] Summa Theologiae, II-II, q, 1, a. 10: Ed. Leonina, VIII, pp. 23-24. Consúltese lo que escribió Santo Tomás en el opúsculo In Symbolum Apostolorum Expositio acerca de la Iglesia Romana: Dominus dixit… “Non praevalebunt”. Et inde est quod sola Ecclesiae Petri (in cuis partem venit tota Italia, dum discipuli mitterentur ad praedicandum) semper fuit firma in fide: et cum in aliis partibus vel nulla fides sit, vel sit commixta multis erroribus, Ecclesia tamen Petri et fide viget et ab erroribus munda est. Nec mirum, quia Dominus dixit Petro (Lc 22, 32): “Ego rogavi pro te, Petre, ut non deficiat fides tua” (a. 9: Ed. Parmensis, t. XVI, 1865, p. 148).

[13] León XIII, Encicl. Aeterni Patris: Leonis XIII Pont. Max. Acta, I, Romae 1881, pp. 255-284.

[14] Codex Iuris Canonici, can. 1366,  pár. 2; cf. can. 589, pár 1.

[15] Cf. Benedicto XV, Carta Encícl. Fausto appetente dieAAS 13, 1921, p. 332.

[16] PIO XII, Discurso pronunciado con ocasión del IV centenario de la fundación de la Pontificia Universidad Gregoriana, 17 octubre de 1953: AAS 45, 1953, pp. 685-68”.

[17] Pío XII, Encícl. Humani generisAAS 42, 1950, p. 573.

[18] Codex Iuris Canonici. can. 1366, pár. 2.

[19] Cf. Declaración sobre la Educación Cristiana, Gravissimum educationis, n. 10: AAS58, 1966, p. 737.

[20] Charles card. Journet, Actualité de Saint Thomas, Introd., París–Bruselas 1973.

[21] Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco, cap. XIV: ed. cit., p. 81.

[22] Ib., cap. LVIII: ed. cit., p. 132.

[23] Cf. Discorsi di Pio XI, Turín 1960, vol. I, p. 783.

[24] Breve “Cum hoc sit”, De Sancto Thoma Aquinate Patrono coelesti studiorum optimorum coeptando: Leonis XIII Pont. Max. Acta, II, Romae 1882, pp. 103-113.

[25] Recomiendo además la lectura de los discursos de Pablo VI del 10 de septiembre de 1965, del 12 de septiembre de 1970 y del 20 de abril de 1974, entre otros; y los documentos sobre la formación sacerdotal bajo su Pontificado: La enseñanza de la Filosofía en los Seminarios, del 20 de enero de 1972; y La Formación Teológica de los futuros sacerdotes, del 22 de febrero de 1976.

[26] Cf. Leonis XIII, Acta, vol. II, págs. 108-113.

[27] In Sum. Theol. II-II, q. 148, a. 4 c; Leonis XIII, Acta, vol. I, pág. 273.

[28] Leonis XIII Acta, vol. I, pág. 273.

[29] Leonis XIII Acta, vol. I, pág. 280.

[30] Núm. 25.

[31] Contra gentiles, III, c. 10, núm. 3460/b.

[32] S. Th. II-IIae, q. 10, a. 12.

[33] Ibíd., I-II, 109, 1 ad 1, que retoma la conocida expresión del Ambrosiastro, In prima Cor 12, 3: PL 17, 258.

[34] León XIII, Enc. Æterni Patris (4 de agosto de 1879): ASS 11 (1878-1879), 109.

[35] Pablo VI, Carta ap. Lumen Ecclesiae (20 de noviembre de 1974), 8: AAS 66 (1974), 683.

[36] Recomiendo la lectura íntegra de la Encíclica. Se refiere a Santo Tomás en los números 43-44, 57-58, 61 y 78. Para ampliar en el pensamiento de Juan Pablo II sobre el Angélico ver, entre otros, los Discursos del 12 de abril de 1980, del 18 de febrero de 1981, del 28 de marzo de 1981, del 28 de enero de 1984, del 4 de enero de 1986, del 29 de septiembre de 1990, del 28 de septiembre de 1991, del 24 de noviembre de 1994; la Carta Apost. Inter Munera Academiarum, del 28 de enero de 1999; la Carta del 11 de marzo de 1993; la Audiencia del 16 de septiembre de 1998; y los Mensajes del 21 de junio de 2002 y del 20 de septiembre de 2003.

[37] N. 43.

[38] Cf. Jean-Pierre Torrell, Tommaso d’Aquino. L’uomo e il teologo, Casale Monferrato, 1994, pp. 320.

[39] Ver también sus Catequesis de los días 16 y 23 de junio de 2010.




Padre Jorge Luis Hidalgo
Padre Jorge Luis Hidalgo
Nació en la ciudad de la Santísima Trinidad, el día de la primera aparición de la Virgen de Fátima, durante la guerra justa que Argentina libró contra Inglaterra por las Islas Malvinas. Estudió en Ingeniero Luiggi, La Pampa, Argentina. Ingresó al Seminario San Miguel Arcángel, de "El Volcán", San Luis. Fue ordenado sacerdote el día 20 de marzo de 2009, por cercanía a la fiesta de San José. Luego de distintos destinos como sacerdote, actualmente es vicario parroquial en la parroquia San Juan Bosco, de Colonia Veinticinco de Mayo, La Pampa, desde el 6 de mayo de 2017. Desde el día de la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América, del año 2017 es Licenciado en Educación Religiosa, por la Universidad de FASTA

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