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“Vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”

I. En este Domingo de Pascua, la Liturgia de la Iglesia nos invita a llenarnos de santa alegría por el misterio de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

El nombre de «Pascua» se deriva de una de las fiestas más solemnes del Antiguo Testamento, instituida en memoria de la libertad de la servidumbre del Faraón de Egipto, obtenida por el pueblo de Dios. Esa fiesta la celebraban los judíos con muchas ceremonias, pero especialmente sacrificando y comiendo un cordero.

Aquella liberación del pueblo de Israel era figura de nuestra propia redención. En el Nuevo Testamento, la Pascua significa que Jesucristo «pasó» de la muerte a la vida y que a nosotros nos ha trasladado de la muerte del pecado a la vida de la gracia. Por eso decimos que Cristo es el verdadero Cordero sacrificado por nuestros pecados a quien recibimos en la Eucaristía celebrando así en plenitud la Pascua[1]: «Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida» (Prefacio Pascual).

II. Con la palabra «Resurrección» decimos que Cristo triunfó de la muerte al reunirse su alma santísima con el cuerpo, del cual se había separado al morir en la Cruz. Comienza así una vida gloriosa e inmortal en la que el Hijo de Dios conserva sus llagas que nos recuerdan permanentemente que el motivo de la Encarnación fue nuestra redención: «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo».

Desde entonces, Cristo está presente, sin límites de espacio ni de tiempo. Es nuestra luz, es nuestra esperanza. De ahí la excelencia de este misterio que es fundamento de nuestra religión y complemento de nuestra redención[2].

– Fundamento de nuestra religión porque el mismo Jesucristo nos la dio por principal argumento de su divinidad y de la verdad de nuestra fe.

Después de resucitar, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron asegurarse de que era Él mismo: hablaron con Él, le vieron comer, comprobaron las huellas de los clavos y de la lanza… «los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos» (Hech 10, 41)

Con estas apariciones quedaron plenamente convencidos de la verdad de que Cristo estaba vivo y pudieron lanzarse en medio del mundo, pregonando la resurrección de Jesús de la cual eran ellos testigos. A partir de los Apóstoles, se constituye la cadena de la tradición y la Iglesia a través de los tiempos, da testimonio de la Resurrección inseparable del misterio de la Cruz.

Complemento de nuestra redención: porque Jesucristo, con su muerte, nos libró del pecado y nos reconcilió con Dios, y por su Resurrección nos abrió la entrada a la vida eterna. Como dice san Pablo en una de sus Epístolas «habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con Él» (Col 3, 3-4). He aquí la profunda realidad del Cuerpo Místico: estamos ya muertos al mundo por el Bautismo y la vida de la gracia está escondida en el fondo del alma. Así como nuestros ojos mortales no perciben a Cristo en el seno del Padre, nada tampoco manifiesta exteriormente nuestra unión a Cristo y a su Padre. Pero el día en que Cristo vendrá a inaugurar la fase definitiva de su reino, la gracia florecerá en gloria y nosotros seremos asociados a su triunfo[3].

Hemos sido regenerados en Cristo por la fe y el Bautismo; injertados en Cristo, vivimos en Él y Él en nosotros. El cristiano, muerto y resucitado sacramentalmente con Cristo en el bautismo ha entrado en una vida nueva, la vida de la gracia. Por eso esta fiesta de Pascua es una invitación a perseverar en la santidad guardando los mandamientos de Dios. Ese es también el sentido de la exhortación de san Pablo que leemos en la Epístola de la Misa de hoy.

*

Todo esto lo pedimos por intercesión de la Virgen Santísima, a quien la Iglesia felicita por la Resurrección de su Hijo («Reina del Cielo, alégrate; porque el que mereciste llevar en tu seno; resucitó según dijo;»). Que nosotros resucitemos a la vida de la gracia en íntima unión con Cristo y hagamos el propósito de vivir este tiempo pascual muy cerca de Santa María.


[1] Cfr. Catecismo Mayor, Instrucción sobre las fiestas, I, 8.

[2] Ibid.

[3] Cfr. Pirot, cit. por. Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Col 3, 3-4.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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