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¡Yo me voy en busca del Señor!

La profesora fue pasando lista, realizando la pregunta estacional  a cada alumno:

—¿Qué vas a hacer este verano?

Las respuestas, todas distintas, pero idénticas a la vez: «Bañarme en la playa, jugar a la Play, viajar a Eurodisney…». Sonó el timbre y aún le quedaban cinco alumnos por responder.

—No os preocupéis  —indicó intentando disimular su tedio—, mañana seguiremos.

Cuando cruzó la puerta de su casa, la niña buscaba urgentemente una respuesta. No sabía qué iba a hacer su familia este verano y mañana le tocaba a ella contestar. Por eso, sin dejar escapar ni un solo segundo, abordó a su madre en la cocina:

—Mama, ¿qué vamos a hacer este verano?

La madre dejó de poner la mesa y miró fijamente a su hija:

—Pues… buscar al Señor.

El rostro de la niña, a pesar de que lo intentó, no pudo esconder su decepción.

—¿Vamos a ir a misa todo el verano? —manifestó con evidente agobio.

—Ja, ja, ja… Cariño, ciertamente el Señor está en la misa. Y es quizá el sitio más bello para encontrarlo, pero no solo está ahí. Está en muchos sitios y nosotros, desde hace varios veranos, nos empeñamos en buscarlo.

—¿Ah, sí? ­—respondió confusa. No recordaba que sus veranos fueran aburridos—. ¿Cuándo lo hemos buscado?

—Pues, ¿te acuerdas cuando hace dos veranos subimos a la ermita de san Saturnino?

Su mente retrocedió a aquél día en que, con solo cuatro años, logró subir sin ayuda una montaña en lo alto de los Pirineos. Aquella tarde, abrieron con una llave enrobinada una pequeña ermita románica ubicada en medio de la nada; rezaron el rosario y luego, al atardecer, en la solitaria cima festejaron la hazaña con un picnic de tortilla de patatas.

—¡Sí, mamá! Ese día lo pasamos muy bien.

La madre sonrió de acuerdo y contestó:

—Pues, ese día, encontramos al Señor.

Los bellos ojos de la niña se abrieron sorprendidos.

—Y ¿te acuerdas de nuestros viajes a Lourdes? — continuó la madre.

—¿Dónde le pongo a María la rosa todos los años?

—Sí, ahí.

La pequeña recordó entonces el cruce de los Pirineos con  las interminables curvas, las canciones del coche, las cascadas de agua cristalina… Rememoró la recogida de agua en el Santuario, el baño en las piscinas heladas, el paso por la ruta, y luego… los bocatas acompañados de bolsas de gusanitos en la explanada.

—¡Si, claro que me acuerdo!

—Y ¿la excursión a la cruz de Oroel?

¡Cualquier olvidaba ese día! La hazaña costó varios intentos familiares, pues conquistar la cruz con tantas curvas y tanto niño, supuso un entrenamiento de muchos días. La familia celebró el logro con un espléndido banquete a base de costillas de cordero en el Parador. Desde entonces, mamá siempre decía que le salía más rentable criar corderos que comprarlos.

Los ojos de la hija comenzaron a brillar con ilusión. ¡Qué bien lo habían pasado!

—Pues el día que coronamos la cruz era el día de San Maximiliano Kolbe. Aquel día aprendimos que con ganas y esfuerzo, todo es posible. Ahí también encontramos al Señor.

— ¿Cuándo más, mamá? —preguntó con ganas de averiguar cuantas ocasiones más lo habían conseguido.

—Hmmm, muchísimas veces. La vez que nos sorprendió la tormenta en Can Franc, y nos refugiamos del diluvio en aquella iglesia oscura y solitaria. ¿Te acuerda del rosario que rezamos? —aquel día terminaron empapados hasta el cuello, fue muy gracioso. De repente, recordó el olor a hierba fresca mojada por la lluvia y también, de las hamburguesas con cebolla que se comieron al llegar a casa. Su estómago rugió por el recuerdo—. Cada noche, cuando, antes de iros a la cama, tus hermanos leían un capítulo del libro de las bienaventuranzas para todos…

—¡Justo después de que papá nos leyera una leyenda de los Pirineos! —le interrumpió su hija.

—¡Eso es! Los domingos cuando íbamos a misa a Pamplona, cuando visitamos el castillo donde vivió san Francisco Javier, cada vez que papá os contaba en el coche un episodio de la vida de Isabel, la católica…

Mamá continuó relatando todas las veces que habían ido en busca del Señor a lo largo del verano, y la niña no pudo sino sonreír al pensar en lo poco que quedaba para que papá se volviera a coger vacaciones en Agosto. Al día siguiente, cuando la profesora volvió a realizar la pregunta a los alumnos restantes, recibió la misma la cantinela del día anterior: «Me voy a la playa con mis abuelos y mis tíos, yo de camping, yo al pueblo con mis abuelos… ». De repente, le tocó el turno a nuestra protagonista y, con el corazón a punto de salírsele por la boca, gritó a pleno pulmón:

-¡¡Yo me voy en busca del Señor!!

A día de hoy, aún no se sabe si la profesora se asustó más por la respuesta que dio su alumna o por la cara de ilusión que reflejaba. ¡Qué familia más rara…!

Mónica C. Ars




Mónica C. Ars
Mónica C. Ars
Madre de cinco hijos, ocupada en la lucha diaria por llevar a sus hijos a la santidad. Se decidió a escribir como terapia para mantener la cordura en medio de un mundo enloquecido y, desde entonces, va plasmando sus experiencias en los escritos. Católica, esposa, madre y mujer trabajadora, da gracias a Dios por las enormes gracias concedidas en su vida.

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