Hace unos días, en un reportaje desde Roma, el corresponsal del National Catholic Register, Edward Pentin, reveló que el Vaticano sabía de las acusaciones de abusos en contra del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, desde, cuando menos, 1943. La orden fue fundada en 1941. Esto significa que, desde el comienzo mismo, Maciel estuvo implicado en la clase de horrorosa depredación que hizo de él uno de los peores depredadores sexuales que haya infestado al sacerdocio católico. No solo abusó de seminaristas durante décadas, sino que engendró hijos con varias mujeres–y después violó también a esos niños.

Y ahora, hoy– el mismo día en que católicos alrededor del mundo están leyendo el reportaje de Pentin– los Legionarios celebran la conmemoración de su fundación, por “trece chicos y un joven seminarista”.

El mensaje dice:

“Hace 78 años, en medio de una guerra mundial, 13 chicos y un joven seminarista tuvieron un sueño. No tenían nada, salvo un sueño: un sueño de llevar la Nueva de Dios a la sociedad y transformarla. No contaban con un sacerdote propio, ni dinero, ni una casa propia: solo el sótano de una tienda en Ciudad de México… y un sueño.

Hoy, 3 de enero del 2019, ese sueño es una realidad. La Legión de Cristo tiene alrededor de 1000 sacerdotes, 450 hermanos en formación y cuatro obispos presentes en cuatro de los siete continentes, pero en el sueño había más que lo que se percibió al principio. Dios también quería que el río del carisma que dio vida a la Legión de Cristo también diese vida a una realidad más amplia: el Regnum Christi.

Junto con los Legionarios, hombres y mujeres consagrados, sacerdotes y laicos, el Regnum Christi reúne a más de 20.000 miembros en seis continentes. Nuestro universo apostólico se extiende desde hombres de negocios audaces en Nueva York al auxilio a los necesitados en Haití, desde la formación de estudiantes universitarios en Europa a educar niños en regiones pobres de México. Tenemos universidades, escuelas, parroquias. Utilizamos los medios sociales para propagar el Evangelio. Involucramos a adultos, jóvenes y niños. En definitiva, formamos apóstoles, líderes cristianos al servicio de la Iglesia. Hacemos presente el misterio de Cristo que llama a sus apóstoles, les revela Su Sagrado Corazón, los forma y los lanza a llevar su amor redentor a todos y a hacer discípulos de todas las naciones.

Quiera Dios concedernos la gracia de cumplir con nuestra misión en la tierra. Queremos agradecer a todos los que han hecho realidad nuestro sueño. Que Dios les bendiga y ¡feliz 78º aniversario!

(Nota bene: Desde que comenté su mensaje, lo han editado, para borrar el primer párrafo- el que menciona al “joven seminarista”. La captura de pantalla– y la traducción– reflejan el original.)

Ese joven seminarista, rodeado por la clase de muchachos que él estaba entusiasmado en convertir en sus víctimas, no era otro que Marcial Maciel, que fue expulsado de varios seminarios por razones que los Legionarios están interesadísimos en transformar en mitos de un santo perseguido. Ahora ya tenemos una idea muy diferente de dichas razones.

Mi propio trasfondo

No soy, debo reconocerlo, indiferente cuando se trata de los Legionarios de Cristo. Tengo un pasado extenso con ellos. Ejercieron en mí una profunda influencia formadora– y casi me costaron la fe. Soy afortunado puesto que nunca fui una víctima del abuso sexual que finalmente causó la desgracia de su fundador. Pero él creó una ficción– una organización creada para otorgarle poder, dinero y acceso a sus víctimas– revestida de una capa superficial de ortodoxia católica que atrajo a incontables hombres y mujeres que querían vivir su fe en tiempos tan difíciles para la Iglesia. Acabó con muchos de ellos, arrojándoles heridos a la perdición. Esencialmente era una carnada espiritual con aprobación papal, que ha dañado a innumerables almas.

Yo fui una de ellas.

Una  tarjeta “sagrada” antigua, anverso y reverso, que encontré entre mis pertenencias. Era una táctica común hacer uso de la aprobación del Papa Juan Pablo II a Maciel como un medio de desviar las críticas y de reforzar la imagen de uno de los mayores depredadores de la Iglesia.

Una  tarjeta “sagrada” antigua, anverso y reverso, que encontré entre mis pertenencias. Era una táctica común hacer uso de la aprobación del Papa Juan Pablo II a Maciel como un medio de desviar las críticas y de reforzar la imagen de uno de los mayores depredadores de la Iglesia.

Traducción de la tarjeta:

¡Venga a nosotros Tu Reino!

Santo Padre, con profundo respeto los Legionarios de Cristo deseamos expresar a Su Santidad nuestra más profunda gratitud por el honor inmerecido que nos ha concedido al ordenar sacerdotes a sesenta de nuestros hermanos precisamente en este día 3 de enero de 1991, fecha en la que celebramos nuestro quincuagésimo aniversario como congregación.

Desde 1941, año en que Nuestro Señor me permitió reunir al primer grupo de jóvenes varones en Ciudad de México hasta el día de hoy, los Legionarios y miembros del Movimiento Apostólico  Regnum Christi no han cesado de experimentar la presencia amorosa de Dios durante nuestra breve trayectoria . Él ha sido el verdadero protagonista y nunca ha dejado de guiarnos por las sendas más seguras, aunque no las más fáciles, hacia Su Divino Hijo para que lo amemos, lo imitemos, y prediquemos sobre Él a todos los hombres.

Discurso del P. Maciel al Papa Juan Pablo II, en la Basílica de S. Pedro de Roma, 3 de enero de 1991.

Resumiendo: estuve directamente implicado con los Legionarios y su movimiento laico, Regnum Christi, desde los 14 y hasta los 19 años de edad. Desempeñé funciones de liderazgo en varios niveles de la organización, incluyendo la de coordinador regional para la Juventud del Tercer Milenio. Fui también (o eso me dijeron) el primer capitán del equipo de varones jóvenes del Regnum Christi en el Territorio Norteamericano.

Durante ese breve lapso de tiempo, en un momento crítico en mi vida, estuve profundamente comprometido. Viví en comunidad con los sacerdotes legionarios, durante todo mi último año de educación secundaria, en el Highlands School [1], en Irving, Texas (1995-1996). Participé en cinco viajes distintos de misiones en cuatro países. Me convertí en un miembro a tiempo completo del Regnum Christi, en el “programa de trabajo en equipo”, liderando grupos de jóvenes y dando clases diarias de religión en una escuela del Regnum Christi, en las afueras de Atlanta, Georgia. Nuevamente, en ese escenario, viví en comunidad con un sacerdote legionario y un seminarista. Desde siempre se me estuvo preparado para el sacerdocio. Y la presión vocacional que experimenté – más de un sacerdote legionario me dijo que “sabían” que yo tenía vocación– causó estragos en una lucha de toda la vida en contra de los escrúpulos y de la ansiedad crónica. Esto se agudizó aún más, a causa de mi educación católica– deseaba intensamente contar con la aprobación de esos dinámicos sacerdotes que se convirtieron en algo así como padres sustitutos durante mis primeros momentos de independencia en mi juventud.

Vi que había problemas en varios puntos con la Legión y el Regnum Christi, pero los ignoré. Me preocupaba el que siempre mintieran a la gente y con tal facilidad– incluso en situaciones muy serias. Manipulaban y hacían uso de sus reclutas. Procuraban reclutar a los ricos y poderosos sobre los verdaderamente virtuosos. Recurrían a eventos como viajes de misiones– ostensiblemente para evangelizar a católicos alejados de la fe o no católicos– para engatusar a los jóvenes católicos que serían después reclutados agresivamente por los miembros activos. Un sacerdote dijo a un grupo de hombres del Regnum Christi que iba con nosotros en una misión en particular, que si no estábamos allí para reclutar gente, entonces “algo no funciona en vosotros”. Recuerdo haberme indignado por la incongruencia. ¡Estaba allí para evangelizar gente e introducirla a la Iglesia! Había pensado que de eso se trataba.

Recuerdo haber discutido con uno de mis amigos del Regnum Christi sobre estas mismas cosas. Él estaba confundido con ellas, pero yo despejé sus dudas. Yo necesitaba la Legión para satisfacer todas las necesidades que tenía como joven de aprobación, de misionar y de claridad de mis propósitos. Estaba dispuesto a pasar mucho por alto.

Encontré una carta antigua que escribí al P. Maciel (gracias a Dios que nunca la envié), en mis días de “trabajo en equipo”. Me invade una sensación de repugnancia cuando la leo y veo el grado de control que el culto al hombre tenía en mi ser más juvenil. Escribí:

“Su intimidad con Cristo le otorga una visión mucho más clara sobre Su voluntad, que la de mi propia y mezquina visión. Creo que incluso es posible que pueda decir si alguien tiene o no vocación. No sé si usted tiene que estar en su presencia, para hacer o no hacer esto. Lo más cerca que he estado de usted ha sido cuando le toqué la mano, al salir de Misa de Domingo de Resurrección, en Onawak [sic] después de la Mega misión de 1996. (Después usted dictó una charla que me impresionó profundamente, incluso considerando que fue en castellano, tanto que tuve que contener las lágrimas). Sé que usted es un instrumento de Cristo y que Él puede usarle para formarme. Para ayudarme. Por favor, ayúdeme.”

Estaba desesperado. Se me estaba haciendo creer que tenía vocación, a pesar de no quererla. Se me lavó el cerebro para que pensara que Maciel era algo así como un santo gurú que podía discernir la voluntad de Dios con una claridad que pondría fin a toda mi ansiedad y confusión. Pensaba que él tenía algún poder para decirme lo que solo Dios podía decir.

Curiosamente, fue Dios quien me dio la respuesta, por intermedio de otro sacerdote, no Legionario. En las vacaciones de la Navidad de 1996, cuando fui a casa a visitar a mi familia y descansar de mi destino como “trabajador en equipo”, se me acercó el nuevo cura párroco después de una Misa. Algo avergonzado me invitó a desayunar y en la conversación, me dijo, en esencia, que se sentía obligado por Dios a hablarme. “No sé como explicarlo a la gente… pero a veces tengo esa sensación de que Dios quiere que hable con la gente acerca de algo. Intenté dejar la sacristía, pero algo me decía que necesitaba hablar con usted y tuve que regresar”. Analizamos mi compromiso con los Legionarios y me dejó seguir. Cuando le dije lo infeliz que era, me dijo que de eso quería hablar conmigo. Que necesitaba salir de allí por mi propio bienestar. Era el impulso que necesitaba y llegando a casa, escribí una carta, diciendo que no regresaría. Intenté hacerlo del modo más amable posible y la remití por fax al superior de mi casa de apostolado.

Los Legionarios no practicaban separaciones amistosas. Era una operación de secta y allí estabas completamente dentro o completamente fuera. Desplegaron la regla Nº 13 de Saul Alinsky con tanta rapidez, que me dejaron con la cabeza dando vueltas: “’Escoge tu blanco, congélalo, personalízalo y polarízalo’. Corta la red de apoyo y aísla al blanco de toda simpatía”.

Los Legionarios contactaron con mis amigos de todo el país, que estaban en otras destinaciones. Contactaron a mis conocidos. Llamaron a la madre y la hermana de mi novia- y yo ni siquiera conocía a la hermana. Comenzaron a decir a todos que yo había desertado porque “no era generoso” y que no debían inmiscuirse en “lo que había sucedido entre Steve y la Legión”. A un amigo le dijo una pareja de seminaristas que él realmente no sabía “toda la historia” de lo que yo había hecho. A otro se lo explicaron así: “Debes verlo como si tú y Steve fueseis marchando juntos, cuesta arriba, a la batalla. Al subir la montaña, Steve fue alcanzado por una bala y rodó cerro abajo. Pero tú tienes que dejarlo atrás. Hay que librar la guerra. Tú tienes que avanzar. No hay tiempo para mirar atrás.” Cuando mi amigo se rió en la cara del sacerdote, a causa de esto, el sacerdote insistió: “Es un camarada caído. Tienes que dejarlo atrás.”

Muchos de esos amigos se mantuvieron a mi lado. Eventualmente, muchos de ellos también vieron la verdad y se marcharon. Algunos son ahora padrinos de mis hijos, veinte años después. En su momento, sin embargo, fue incalculable el daño causado a mí y a mi fe por estas traiciones. Los Legionarios no eran solo algo con lo cual una persona se puede asociar libremente. Se convirtieron en mi identidad. Se convirtieron en mi forma de relacionarme con Dios. Se convirtieron en mi familia sustituta y, en cierta forma, en mi Iglesia sustituta. Habían actuado por tanto tiempo como si la forma legionaria fuera superior y que las instituciones normales de la Iglesia  tan inferiores, que habían creado en mí un  desagrado por cualquier manifestación de “catolicismo normal” como algo por debajo de nosotros. Una y otra vez recurrirían al tema sobre la pobre formación de los sacerdotes y obispos diocesanos, haciendo comentarios hostiles sobre las demás órdenes religiosas y teniéndose a sí mismos como los soldados de a pie de Cristo en esta gigantesca batalla por el alma del mundo.

Maciel estaba en el corazón de todo esto, siendo deificado como un santo viviente, que nunca decía que no a Cristo.

Fui miembro de una secta y la secta subvertía el bien del individuo y el bien del conjunto- que solo existían para servir al líder de la secta. Incluso aunque nunca sostuve una conversación con Maciel, toda mi vida estaba dominada por la cultura que él creó. Y hasta esos anillos exteriores era increíblemente perjudiciales.

De Trabajador en Equipo a Enemigo

Pasé la mayor parte de mis años universitarios en Steubenville tratando de recuperarme de las secuelas que los legionarios dejaron en mí. Lo que empezó como el desconcierto y el dolor de una traición inesperada se convirtió en una ira concentrada. Aún luchaba contra mi ansiedad vocacional. Luché contra mi fe, en general, porque me sentía como si hubiese abandonado todo a Dios y que había sido apuñalado por la espalda, por mi problema. Pero mis verdaderos amigos siguieron a mi lado y las cosas empezaron a aclararse: el engaño, la manipulación, la detracción, la presión- todos ellos eran herramientas empleadas para controlar a los miembros del movimiento, que eran simples juguetes utilitarios en las manos de la organización y su agenda ulterior. Y yo no estaba solo en esto de ser víctima de tales prácticas. Comencé a reunir historias y me sentí agradecido de que, para mí, las cosas no estuvieron tan mal como para otros.

Pasé gran parte de mi vida universitaria frustrando activamente los esfuerzos de reclutamiento de la Legión. Llegué a ser tan efectivo en advertir a mis pares en contra de las tácticas normales de reclutamiento, que los reclutadores comenzaron a advertir a los eventuales candidatos para que me eludieran. Una joven se me acercó y me dijo: “Me dicen que no hable contigo, de manera que quiero oír lo que tienes que decir.” Otra amiga rompió a llorar cuando comencé a decirle lo que ellos hacían y por qué debían ser evitados. Yo ni siquiera sabía que la habían estado reclutando, pero la presión ejercida sobre ella era tan intensa, que empezó a llorar, cuando, en esencia, le di permiso para que les dijese que no.

Todos mis esfuerzos estaban al nivel de proteger a la gente de la manipulación, el engaño y la presión vocacional ilícita- y cualquier consecuencia perjudicial para la fe. Yo había sido presionado, había sido usado, me habían mentido en la dirección espiritual respecto de algo tan importante para mí y el resentimiento que sentía por ello era muy profundo. No quería ver que se engañara a nadie más. Pero tampoco estaba pensando en la componente del abuso sexual. En verdad, no la tomaba en serio, porque me parecía completamente infundada.

La Verdadera Naturaleza de Maciel

Tan malas como eran estas otras cosas, honradamente no tenía idea de la clase de figura sicótica que en verdad era Maciel. Supongo que, en retrospectiva, debería tener alguna idea, porque había tenido un asiento en primera fila ante al pánico de la Legión, acerca de la nueva ronda de acusaciones en contra de Maciel, en mi época de trabajador en equipo. A comienzos de diciembre de 1996- semanas antes de tomar la decisión de salirme- todos los miembros de tiempo completo del apostolado, en los Estados Unidos, tuvimos que coger un vuelo, sin demora, al cuartel general de los Legionarios, en Cheshire, Connecticut (y ello debió suponer un costo fenomenal), con la esperanza de que se podría revertir la crisis. Acabábamos de regresar de Cheshire, donde permanecimos para Acción de Gracias y se nos dijo que empacáramos para volar por la mañana. Sin mayores explicaciones.

Las reuniones informativas sobre el asunto que nos ocupaba- las esperadas revelaciones de las acusaciones en contra del P. Maciel, en el Hartford Courant [2]- parecían haber sido segregadas según los niveles de necesidad de saber. Los sacerdotes iban a una reunión, los seminaristas en las casas de apostolado tuvieron otra y así sucesivamente, descendiendo en la cadena. Cuando llegó a la sala de clases atiborrada de trabajadores en equipo, sentados, preguntándonos por qué habíamos sido arrastrados hasta allí, esperando con algún propósito desconocido, en definitiva, se nos dijo muy poco. “Han salido algunas acusaciones en los medios de comunicación en contra del P. Maciel. No son ciertas. Ni siquiera las lean. Si alguien pregunta, digan que todo es falso”. Era un enfoque sorprendentemente absurdo del problema. Pero estábamos en 1996. El internet no era un factor a considerar, como lo es ahora. Ninguno de nosotros usaba teléfono celular. Nos tomaría su tiempo y esfuerzo averiguar la información que se nos decía que debíamos evitar y era, de lejos, más fácil no encontrarla que rastrearla. No creo haberme topado con la información hasta el año siguiente.

Y aún así, incluso cuando finalmente leí algo acerca de las acusaciones, las encontré tan grotescas que eran extremadamente difíciles de creer. Estaba convencido de que Maciel era un corrupto– por eso es que estaba viendo los mismos problemas en cada región geográfica del apostolado– pero esos eran los días previos al estallido del escándalo del abuso sexual clerical y la clase de cosas que estaba sucediendo era realmente difícil de captar.

En el 2005, el día en que los Legionarios eligieron al P. Álvaro Corcuera como su nuevo director general– un año antes de que el mundo enfrentara la profundidad y la depravación de las acusaciones en contra de Maciel– escribí algo en mi blog demostrativo del hecho de que en ese tiempo aún no veía el cuadro completo:

“A diferencia de muchos que han tenido malas experiencias con la Legión, no creo que los problemas existan en el vacío, sino que, por el contrario, comienzan desde lo alto– si no por otra razón. El P. Maciel consiente en un culto a la personalidad en torno a sí mismo, que es tan fuerte que usurpa el sentido común y la debida humildad cristiana. Pero hay un problema de distorsión de los principios católicos, a través de los movimientos fundados por el P. Maciel, que hablan de una cierta corrupción de la metodología, no de una accidental distorsión de los principios sólidos.”

Fue más o menos en la misma época en que tomé conciencia de que se había iniciado una investigación en Steubenville, acerca de las actividades de reclutamiento de la Legión, en el campus. Fui llamado por uno de los franciscanos, a causa de mi reputación como contra agente de los Legionarios y tuvimos una larga plática. No pasó mucho tiempo antes de que me enterase de que esta investigación en particular fue interrumpida, pero que fue seguida por otros en otra universidad católica y que los estudiantes de derecho estaban siendo empleados en la recopilación de evidencias. Se obtenían los testimonios de cualquiera que quisiese proporcionarlos. Se recopiló un expediente- resultando en un número de revelaciones conflictivas, incluyendo acusaciones de delitos civiles- y, por medio de un obispo que ya había cometido suicidio profesional, puestas en las manos del entonces Cardenal Ratzinger que era, en la época, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Menos de un año más tarde, Ratzinger sería elegido papa. Poco después de eso, en el 2006, se anunció que Maciel había sido relegado a una vida de oración y penitencia, a causa de las acusaciones en su contra– un castigo extremadamente inadecuado para un tipo culpable de tan atroces crímenes. Nunca se aclaró el papel desempeñado por el expediente, pero parece ser miopía el creer que no fue un factor en la actuación final del Vaticano.

Los Legionarios, Hoy

Los Legionarios de Cristo, como instituto de vida religiosa no pueden estar separados de la persona de su fundador. Esto quedó en claro en su primer capítulo general, en el que se escribió: “Por Dios ha sido ordenado que la persona y vida de Nuestro Padre Fundador no puede ser separado de la vida y espiritualidad de la Legión”. Él era, indiscutiblemente, la peor clase de monstruo- y, según algunos testimonios, posiblemente hasta poseso. Si usted no ha leído esta versión [3] de los sucesos que se dice tuvieron lugar en su lecho de muerte, es realmente escalofriante:

“Maciel murió en un drama surreal, en el que convergieron trozos de su vida, con una caída estremecedora. A fines de enero del 2008, estando en un hospital de Miami, según un reportaje del 31 de enero del 2010, de los periodistas Sota y Vidal, de El Mundo. Aunque el artículo (disponible en inglés en exlcblog.com[1]) se compone de opiniones acerca de la personalidad de Maciel, proporciona una visión detallada de la crisis que creó para sus seguidores. En el hospital se reunieron Álvaro Corcuera, el sucesor de Maciel como director general, la secretaria general de la Legión, Evarista Sada y numerosos otros asociados. Maciel  rehusó a hacer confesión, generando preocupaciones tales, que alguien llamó a un exorcista, aunque el artículo no describe ningún ritual. Los hombres que rodeaban a Maciel se estremecieron cuando aparecieron dos mujeres: Norma, la madre y Normita, de 23 años. En ese momento, se dice que Maciel dijo de las Normas: “Quiero estar con ellas”.

Los sacerdotes Legionarios, alarmados por la actitud de Maciel, llamaron a Roma. [El P.] Luis Garza supo de inmediato que se trataba de un problema grave. Consultó con la más alta autoridad, Álvaro Corcuera, que cogió el primer vuelo para Miami y se fue derecho al hospital.

La indignación [de Garza] se podía leer en su rostro. Se enfrentó a su una vez poderoso fundador y le amenazó: “Le doy dos horas para que se venga con nosotros o llamaré a toda la prensa y todo el mundo sabrá quién es usted, realmente.” Y Maciel dio su brazo a torcer.

Después que los sacerdotes llevaron a Maciel a una casa de la Legión en Jacksonville, en Florida, se dice que se tornó agresivo cuando Corcuera intentó darle la unción, gritando: “¡Dije que no!” El artículo dice que Maciel  rehusó a hacer una confesión final y declara abiertamente que él “no creía en el perdón de Dios”.

Esa es una opinión que calzaría con la sórdida vida de Maciel, no obstante que de ella no tenemos ninguna prueba.”

Este es el mismo Maciel que escribió, en su panfleto “El Tiempo y la Eternidad”:

“Estoy satisfecho de haber dicho que sí a Dios y luchado para ser fiel a todo lo que me pidió.

Sin embargo, por sobre todo esto, siempre ha prevalecido, absoluta y abrumadoramente, mi total y exclusiva adhesión a Dios.”

Que celebrasen hoy la fundación de la orden de este hombre impío, junto con esos 13 muchachos– no sabemos cuántos de ellos fueron sus víctimas– es evidencia de que los Legionarios siguen estando infestados con el satánico propósito de su fundador.

Lamentablemente, sé que hay todavía hombres y mujeres buenos afiliados a ellos, que solo quieren vivir una vida auténticamente católica, por medio de un apostolado dinámico. Sin embargo, no logran reconocer la imposibilidad de que una orden fundada por un hombre así produzca alguna vez buenos frutos. No hay precedentes en la historia de la Iglesia. La mayoría de los fundadores de las más grandes órdenes- Francisco, Domingo, Benito, Bruno Ignacio- son santos. Ellos no actuaron, como lo hizo Maciel, como si fuesen demonios vestidos con piel humana.

Es una injusticia hacia aquellos que se afiliaron a la Legión a causa de una devoción equivocada que el Vaticano haya permitido que continúe esta farsa. No hay excusa para no haber clausurado a los Legionarios, desbandándolos por completo y enviando a sus seminaristas a otras órdenes y diócesis (después de detenida evaluación). Francamente, sus edificios deberían ser exorcizados y la tierra, rociada con sal (preferiblemente de la clase bendita), en los lugares donde funcionó su apostolado.

Debería perturbar a todos los católicos de conciencia limpia que los Legionarios, como un cuerpo corporativo, como un ideal que muchos de ellos aún piensan que es digno de “celebrar”, se les permita continuar. La única razón que pienso existe, para que se les permita seguir, puede ser resumida en el apodo que el pueblo de México ha dado a los legionarios: “Los Millonarios de Cristo”. Si algún carisma tenían, del que se pudiese hablar, era el de la recaudación de fondos. Administraban montones sobrecogedores de dinero y podían reunir fondos para grandes proyectos de decenas de millones de dólares en cuestión de meses. No puedo imaginar que todavía tengan esa misma clase de empuje, pero sus actuales recursos no son nada de despreciables.

¿Acaso no llegamos siempre a lo mismo? Cada vez que el Vaticano permite que la corrupción se descontrole, sigamos al dinero. Sucedió con McCarrick, con certeza el más prolífico recaudador de dinero y siempre se ha rumoreado que lo mismo pasa con los Legionarios. Es horrible considerar que tal base de motivación puede ser empleada para que permitan el mal, hombres que se supone están completamente dedicados a Dios.

Pero, ¿cómo puede alguien tomar en serio a la Iglesia, en el caso de la crisis de los abusos sexuales, cuando los Legionarios de Cristo son un libro de texto de estudio de casos sobre el fracaso de la Iglesia, para actuar a partir de información que ha estado disponible durante décadas? Mientras sigan existiendo- sin importar cuántas veces se modifiquen sus constituciones y ellos intenten relanzarse- permanecen como una mancha negra que atenta contra la credibilidad de la Santa Sede en su manejo de la corrupción del clero y la depredación en contra de los que están bajo su cuidado espiritual.

Steve Skojec

[1]  http://www.thehighlandsschool.org/   

[2] El Hartford Courant es el diario más leído en el estado de Connecticut y otros estados vecinos. Es cabeza de una cadena de agencias noticiosas y de ediciones locales, en ciudades más pequeñas.

[3] https://www.ncronline.org/news/accountability/how-fr-maciel-built-his-empire

Traducido de https://onepeterfive.com/13-years-after-maciel-crimes-revealed-legionaries-of-christ-still-celebrating-his-legacy/

(Traducido por Valinhos/Adelante la Fe)


[1] El orginal en español puede encontrarse tras pinchar el siguiente enlace https://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2010/746/1264892403.html