[onepeterfive.com] Teniendo en cuenta que por todo el mundo los templos católicos rebosan de ministros seglares de ambos sexos [1] alguno dirá que a estas alturas cómo vamos a proponer argumentos teológicos contra la costumbre de que las mujeres lean en Misa.[2] Pero hay varios motivos de peso y urgentes para que lo hagamos en este momento.

En primer lugar, el creciente número de parroquias y capillas en las que se celebra el Rito Extraordinario han traído de vuelta por todo el mundo, para alivio de los tradicionalistas de ambos sexos, la costumbres de que sean sólo los varones quienes lean en el presbiterio. Pero la misma experiencia de esta práctica antes universal plantea forzosamente entre los católicos la cuestión de por qué se tendría que cambiar, así como otra relacionada: ¿ha sido beneficioso para la Iglesia, o –como en el caso de recibir la comunión de pie y en la mano bajo ambas especies– ha sido un cambio para mal?

En segundo lugar, vivimos tiempos en los que muchos creyentes examinan con ojos críticos las alegres suposiciones y apresuradas novedades introducidas en el último medio siglo. Y descubren, tal vez con sorpresa, que los razonamientos en que se apoyaban muchas de esas innovaciones son en el mejor de los casos superficiales, y en el peor tienen una base ideológica.

Y en tercer lugar, ahora que los malos frutos de un feminismo desordenado se han hecho más patentes que nunca en la sociedad y en la Iglesia, los católicos que tienen la cabeza bien amueblada están más abiertos que nunca a hacer una crítica de los fundamentos de la actual tendencia a tratar a hombres y mujeres como entes intercambiables.

Cerrar los ojos a las diferencias sexuales o tratar de hacer ver que tales diferencias dan (o deberían dar) igual en el desempeño de las funciones litúrgicas es indudablemente pasar por alto, y probablemente contradecir, la “teología del cuerpo” que dio a la Iglesia S.S. Juan Pablo II. Y más que nunca en los tiempos que vivimos, en que la confusión está tan extendida en el terreno de la sexualidad, la manera en que conceptualizamos y ponemos en práctica las funciones del varón y de la mujer en la Iglesia no pueden menos que tener consecuencias en la antropología teológica, la teología moral y hasta la teología fundamental, extendiéndose hasta la inerrancia de las Escrituras y la confianza en la Tradición apostólica.

La cuestión que me voy a plantear no es si las en este momento se permite que haya lectoras (ya que es obvio que el derecho canónico las permite), sino si en la práctica tiene sentido teológico, y hasta qué punto ha suscitado confusión en la mente de los fieles. A fin de cuentas, si resulta que no tiene sentido y que es perjudicial, no sería la primera vez que la Iglesia ha metido la pata en una cuestión disciplinaria con consecuencias doctrinales.

Es más: ¿por qué ha habido una práctica constante durante casi 2.000 años (o más de 3.000, si contamos el culto de los israelitas como preparación de la Nueva Alianza)? ¿Es que nuestros antecesores eran unos machistas que no entendían el genio femenino ni eran conscientes del aporte que podía hacer la mujer a la vida de la Iglesia? Si nos fijamos en la realidad de los hechos, parece increíble.[3]

Al modo escolástico tomista, expondré los argumentos a favor y en contra, resolveré la cuestión en favor de la Tradición de la Iglesia y responderé a las objeciones iniciales:

Si las mujeres deben ocuparse de las lecturas en Misa

Objeción 1ª. Diríase que es mas apropiado que las mujeres se ocupen de las lecturas en Misa. Porque la mujer es capaz de representar del modo más perfecto a la Iglesia como Madre nuestra a la que ha sido confiada la Palabra de Dios. Es propio de la madre instruir a sus hijos en los caminos del Señor. Por tanto, la mujer expone correctamente a los fieles la Palabra de Dios.

Objeción 2ª. Leer las Escrituras conviene a todo miembro de la Iglesia, porque los romanos pontífices han aconsejado constantemente a todos los católicos que las lean, y hasta han otorgado indulgencias en ese sentido. Leer las Escrituras en Misa no es ni más ni menos que hacer algo que es propio y está aconsejado para todos. Por consiguiente, es indiferente que los lectores sean hombres o mujeres.

Objeción 3ª. En la liturgia tradicional el lector no es un ministro ordenado; ni siquiera se le han conferido las órdenes menores. Así pues, para leer no hace falta estar ordenado. Ahora bien, la ordenación sólo se administra a los varones. Por lo tanto, el lectorado no es exclusivo de los varones. Ahora bien, sólo el sacramento del orden está reservado a los varones. Mucho menos, por tanto, está reservada la lectura exclusivamente a los varones.

Objeción 4ª. Dice el Apóstol de los Gentiles: “No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3,28). Es, por tanto, indiferente que la lectura la haga un varón o una mujer en tanto que sean cristianos.

Objeción 5ª. La Iglesia ha permitido a la mujer leer públicamente en la Misa. De lo que se sigue que debe de ser bueno.

Sed contra: Declara el Apóstol a los Corintios: “Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la Ley. Si quieren aprender algo, que en casa pregunten a sus maridos, porque no es decoroso para la mujer hablar en la iglesia” (1ª Cor. 14,33–35). El mismo apóstol dice además a San Timoteo: “La mujer aprenda en silencio, con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que se mantenga en silencio” (1ª Tim. 2,11–12).

De conformidad con este juicio paulino, la Iglesia, durante casi 2.000 años no ha permitido a ninguna mujer que desempeñe un ministerio litúrgico en el presbiterio. Por eso el Concilio de Laodicea (365 AD) dictó en su Canon 44: “Las mujeres no pueden acercarse al altar.” Pero la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, no puede errar en el culto que agrada al Todopoderoso. Sus costumbres inalteradas indican una disposición de Dios, y toda innovación debe desecharse.

Respondo: Es preciso señalar que en la Sagrada Escritura siempre se compara la Palabra de Dios a una semilla, y es el predicador el que siembra la semilla en la tierra. Quienquiera que oye la Palabra de Dios es la madre cuya fe recibe la simiente; la matriz en que se implanta dicha simiente, que seguidamente se desarrolla y mediante la paciencia da fruto. Por esta razón, la congregación de los fieles es imagen de la Virgen María, mientras que el lector es imagen de Dios Padre, que siembra en los corazones la simiente de la Palabra, el Verbo de Dios, Jesucristo, del mismo modo que se sirvió del arcángel Gabriel en la Anunciación.

De lo que se deduce que es contradictorio que una mujer proclame la Palabra de Dios: convierte a la mujer, que recibe la simiente, en el varón que la siembra. Si se niega esta discordancia simbólica, hay que dar un paso más y sostener que el hecho de ser varón o mujer es metafísicamente indiferente, así como que no hay simbolismo religioso que establezca diferencias entre los sexos. Esa postura da a entender que los arquetipos que nos ha transmitido la Escritura son convenciones pasibles de alteración, e incluso que son falsas, en lugar de basarse en la naturaleza y tener un carácter cierto y permanente. Igualmente, proponen la herejía de los maniqueos, que negaban que la realidad corporal era obra del buen Dios como manifestación de su sabiduría.

De ahí se sigue que la costumbre ya casi universal de que las mujeres lean en Misa merezca ser derogada por ser una aberración histórica y un peligro teológico. Restablecer la disciplina tradicional sería una forma más de celebrar y consolidar la verdadera enseñanza del Concilio Vaticano II, en el que no se dijo una palabra de permitir que la mujer desempeñe esos ministerio, y que específicamente estipulaba: “No se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia” (Sacrosanctum Concilium, 23).

A la primera objeción: Es necesario decir que todos los sacramentos han sido confiados a la Santa Madre Iglesia, cuya mayor gloria es la Misa. Si el argumento anterior fuera cierto sin necesidad de matizar, sería apropiado, incluso más, que los administraran mujeres. Ciertamente no cabría argumento metafísico alguno contra las sacerdotisas, sino apenas uno positivista: que Jesús escogió a hombres, y por tanto la Iglesia elige varones. Al llegar a ese punto habríamos abandonado el objeto de la teología, que es la fe que aspira a entender (fides quaerens intellectum). Mientras estuvo en la Tierra, Nuestro Señor Jesús no obraba arbitrariamente. Si los sacerdotes deben ser varones, también deben serlo los lectores, acólitos, ministros de la comunión y demás, porque todas esas funciones consisten en dar, en actuar, mientras que la respuesta de los fieles consiste invariablemente en recibir y en ser objeto pasivo de la acción. Esta es, desde luego, la idea misma de la metáfora de sembrar la simiente que es recibida en el seno de la tierra, donde germina y da fruto.

A la segunda objeción: Es necesario decir que la Santa Misa no consiste en una oración privada ni en un estudio de las Escrituras, sino que es un acto litúrgico público ofrecido a Dios por Jesucristo como eterno Sumo Sacerdote, valiéndose de las manos de ministros que, de un modo más o menos perfecto, se conforman a la Imagen de dicho Sumo Sacerdote. De donde se desprende que no es conveniente que cualquier miembro de la Iglesia sea lector público de las Escrituras, así como tampoco corresponde predicar a cualquier miembro de la congregación, como enseña el Apóstol de los gentiles en los pasajes citados.

A la tercera objeción: Es preciso señalar que negar que los ministros del santuario deben conformarse al Eterno Sumo Sacerdote como corresponde a su condición humana equivale a negar el misterio de la Encarnación, mediante el cual el Hijo de Dios se hizo, no sólo humano (homo), sino varón (vir). De donde se deduce que aunque no es necesario que el lector esté ordenado, es apropiado que sea capaz de ordenación, es decir, que su naturaleza refleje la identidad personal concreta del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazaret.[4]

A esto habría que añadir que el racionalismo ha desempeñado un papel importantísimo en la reforma litúrgica y en los males de ella derivados, como señala con frecuencia Joseph Ratzinger. Estamos examinando un ejemplo patético de ello.  ¿Puede haber algo más racionalista que no querer ver las diferencias puras y duras, elementales, entre el hombre y la mujer? ¿Puede haber algo más cartesiano que afirmar que son iguales, indistinguibles o intercambiables? Nuestra época pasará sin duda a la historia, suponiendo que quede mucho de historia, como la época en que murió el sentido común. Cualquiera que tenga una pizca de naturaleza humana sabe que cuando un niño quiere o necesita estar con su madre, nadie la puede sustituir; y cuando la situación requiere al padre, tampoco hay quien lo sustituya. Cuando, a su vez, la Iglesia necesita un jefe, maestro o santificador, elige a un hombre, porque nadie más puede representar el rostro, la voz y las manos de Jesucristo. No se trata de amar y sufrir como Cristo, ya que se podría decir que en ese sentido hay muchas más mujeres que se se conforman a la imagen de Cristo; es pura cuestión de quién puede representar formalmente esa Persona (actuar in persona Christi) al poner en acto la acción redentora de Cristo sobre quienes recibimos los frutos de esa acción.

A la cuarta objeción: El Apóstol no pude querer decir que una vez bautizados ya no hay sexos, o que estos no desempeñan función alguna en la vida cristiana. De lo contrario, comparar como él hace la relación de Cristo y la Iglesia con la del marido y la mujer (Efesios 5) no tendría peso alguno.

Añádase a esto que la gracia no destruye la naturaleza sino que la eleva. Por consiguiente, mientras que la gracia sana y eleva por igual el alma del hombre y la mujer, en igualdad de condiciones, nunca elimina las diferencias sexuales. Y como sólo la mujer puede ser madre, fue la bienaventurada Virgen María quien gozó del mayor privilegio otorgado a una criatura: dar al Hijo de Dios cuerpo y nutrirlo en su seno y pecho. Así como sólo un hombre puede ser imagen de Cristo en su realidad total encarnada, Cristo eligió únicamente a varones para ejercer el sacerdocio en el altar de los sacrificios, siendo figura y precursores de ello los sacerdotes de la Antigua Alianza.[5]

A la quinta objeción: En la historia de la Iglesia encontramos numerosos ejemplos de autorizaciones que fueron imprudentemente concedidas y más tarde se tuvo la sensatez de retirar. Por ejemplo: la Iglesia tiene autoridad para conceder indulgencias a los donativos, pero en la práctica se prestaba tanto a abusos (las famosas ventas de indulgencias) que la Iglesia retiró el permiso.

Es más, hay una diferencia crucial entre permitir y fomentar. La Iglesia permite a sus hijos que confiesen y comulguen sólo una vez al año, pero eso no quiere decir que los anime a recibir los sacramentos con tan poca frecuencia. La Iglesia permite que los matrimonios tengan relaciones sexuales para satisfacer la concupiscencia en tanto que se mantengan dispuestos a transmitir la vida, pero no se puede decir que ese sea el ideal de la intimidad conyugal. Así pues, que algo esté permitido no quiere decir que se fomente o se deba fomentar. Como dice San Pablo en un contexto parecido, “‘Todo me es lícito, pero no todo conviene” (1ª Cor 6,12).

Por último, hay que rechazar la mentalidad minimalista que se pregunta qué se puede hacer impunemente sin desobedecer a la Iglesia, por la misma razón que se debe rechazar la mentalidad minimalista que se agazapa tras la pregunta “¿Qué es lo mínimo que basta hacer para ir al Cielo?” El solo hecho de pensar así es síntoma de una grave deficiencia en la actitud personal. Debemos esforzarnos por lograr lo más excelente, lo mejor, lo más apropiado.

Posdata: Al final, para mantener la conveniencia de las lectoras, habría que concluir que el Pueblo de Dios (tanto Israel como la Iglesia) ha cometido un grave error durante más de 3.000 años en su restrictivo culto público, y que todos nuestros antepasados –sin excluir los Padres y Doctores y la Iglesia y cientos de pontífices– erraron al limitar dichos ministerios a los hombres, hasta que en los iluminados años sesenta descubrimos algo mejor. Teniendo en cuenta todo lo que trajeron de “bueno” los sesenta y los setenta, se me disculpará creer que no hacen falta más comentarios a tan absurdas conclusiones.

[Traducido por J.E.F para Adelante la Fe]

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[1] Obsérvese que no utilizo la palabra “género,” que es un concepto gramatical, sino “sexo,” que es una realidad antropológica. De forma casi universal se ha pasado de hablar de los sexos masculino y femenino, realidad presente en el cuerpo de la persona, a hablar de género masculino y femenino, como algo convencional, lo cual es un síntoma cultural significativo del triunfo del subjetivismo sobre el realismo.

[2] Propiamente, en sentido eclesiástico lector es un varón que ha recibido un ministerio, por ejemplo en muchos seminarios. Si bien es cierto que el repentino nombramiento de numerosos lectores varones sería una solución pragmática a nuestra pregunta, teológicamente tiene mucho más valor preguntar por la cuestión en sí: si no es más apropiado que un hombre, y no una mujer, se ocupe de las lecturas durante la Misa.

[3] En su excelente libro La mujer en el tiempo de las catedrales (Editorial Andrés Bello, 1999), Regine Pernoud demuestra que en todo caso la mujer era más apreciada, tenía más influencia y hasta más capacidad en la Edad Media que en los siglos más ilustrados que siguieron.

[4] Ver Incarnate Realism and the Catholic Priesthood.”

[5] Íbid.

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Artículos de opinión y análisis recogidos de otros medios. Adelante la Fe no concuerda necesariamente con todas las opiniones y/o expresiones de los mismos, pero los considera elementos interesantes para el debate y la reflexión.