1 Pentecostés (lit. “el quincuagésimo día”) era el nombre de una fiesta religiosa que los judíos celebraban a los cincuenta días de Pascua en memoria de la ley dada por Dios en el monte Sinaí, después de ser librados del cautiverio del Faraón.

Allí, Dios reveló su ley grabada en dos tablas de piedra y selló una Alianza con su pueblo. Ahora, cincuenta días después de Pascua, los Apóstoles, en compañía de la Virgen María y de otros discípulos, perseveraban en oración, como les había indicado el Resucitado. Sobre ellos bajó el Espíritu Santo manifestándose de forma visible en los signos exteriores del viento y el fuego.

El Espíritu Santo confirmó en la fe a los Apóstoles, los llenó de luz, de fortaleza, de caridad y de la abundancia de todos sus dones. Así, de ignorantes se volvieron en conocedores de los más profundos misterios y de las Sagradas Escrituras, de tímidos se hicieron esforzados para predicar la fe de Jesucristo y obraron grandes milagros (Cfr. Catecismo Mayor, “Instrucción sobre las fiestas…”, XI).

En el libro del Génesis, asistimos a una escena que nos muestra la obra del hombre desviado de su vocación sobrenatural por el pecado (Gn 11, 1-9). Los habitantes de Babel, en lugar de cumplir la voluntad divina edificaron una ciudad monstruosa, en la cual levantaron, como símbolo de su unidad espiritual, un templo idolátrico. De ahí que Dios –presentado antropomórficamente- interviniera con tanta severidad (v.6-8). Las consecuencias de la separación de los pueblos y de la confusión de las lenguas repercuten hoy todavía en la humanidad, manifestándose en una desastrosa desunión intelectual, cultural, política y económica y, ante todo, en las incesantes guerras, que nunca fueron tan crueles como en nuestros tiempos. Ahora, en Pentecostés (Hch 2, 1ss), ocurre lo contrario que en Babel: todos entendían a los Apóstoles cada uno en su propia lengua y esto encierra una honda significación: así se hace realidad la promesa del Señor (Hch 1,8; Lc 24,47-48; Mt 28,10) de que los Apóstoles serán sus testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los extremos de la tierra; y se muestra así que la Iglesia fundada por Cristo está abierta a todos los pueblos; el entendimiento universal es a la vez el signo de la unidad de todos los pueblos en Cristo por el Espíritu, antítesis de la dispersión por la confusión de lenguas en Babel (cfr. Mons. STRAUBINGER, La Santa Biblia, locs. cits.).

  1. Lo ocurrido en Jerusalén el día de Pentecostés, el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo que conmemoramos hoy no fue algo aislado en la vida de la Iglesia.

El Espíritu Santo, tercera Persona de la Santísima Trinidad, que es Dios eterno como el Padre y el Hijo, fue enviado para toda la Iglesia y para todas las almas fieles. Por eso debemos apreciar los beneficios del Espíritu Santo y corresponder a ellos dignamente. Aquellas lenguas de fuego eran símbolo de la acción sobrenatural que el Espíritu Santo realiza en el cristiano que vive en gracia.

Así, nuestra vida cristiana es auténtica vida sobrenatural y se desarrolla bajo la acción vivificadora y transformadora del Espíritu Santo:

¾ El Espíritu Santo es quien convierte a los pecadores y después de convertidos nos da fuerza para resistir las tentaciones y desarraigar los malos hábitos.

¾ El Espíritu Santo es quien convierte en héroes divinos a los cristianos,  como a San Pedro que tan tímido fue antes de negar a Cristo y luego se abrazó a la cruz con fortaleza. O Santiago, allí presente, que sería el primero de los Apóstoles en dar su vida por Cristo.

¾ El Espíritu Santo es, por último, quien habita en el alma del justo y, como fuego misterioso purifica sus afectos, ahuyenta sus tinieblas… del mismo modo que el fuego se apodera de los objetos y los incorpora a sí mismo hasta convertirlos en fuego, el Espíritu Santo va transformando el alma del justo en cosa suya, sobrenatural y divina. «Porque todos cuantos son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rom 8, 14) Son movidos: es el asombroso misterio del Espíritu Santo que se digna tomar el timón de nuestra vida cuando nos entregamos a Él con la confiada docilidad de los que se saben hijos del Padre celestial. “El espíritu de filiación o adopción divina se conoce en cuanto que aquel que lo recibe es movido por el Espíritu Santo a llamar a Dios su Padre” (S. Crisóstomo).

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Intentemos preparar bien nuestros almas para que el Espíritu Santo nos llene con sus gracias, encendernos, nos fortalezca y santifique como a los Apóstoles. Y seamos fieles para corresponder a sus dones.

La Virgen María que en el Cenáculo perseveró en la oración con los Apóstoles hasta la venida del Espíritu Santo nos haga conocer la necesidad que tenemos de este mismo Espíritu Santo como luz para conocer las culpas, vencer las pasiones y encender nuestros corazones en el amor de Dios.

Padre Ángel David Martín Rubio

Padre Ángel David Martín Rubio
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".