Mi artículo “Doce razones para no optar por el Novus Ordo” ha sido recibido con una gran cantidad de comentarios sarcásticos, de nerviosas descalificaciones, de argumentos relativistas sobre “gustos” y de objeciones sobriamente expuestas. Como filósofo y teólogo, me interesa muy poco la vana retórica, pero sí me preocupan mucho las objeciones racionales, que merecen respuesta. He examinado muchas veces cada una de dichas objeciones, tanto en Facebook como en la sección de comentarios.

El autor del artículo al cual usted respondió dijo solamente que a él le gustaban los elementos X, Y y Z de la forma ordinaria, sin jamás criticar la forma extraordinaria. Pero usted, al responderle, ha defendido la segunda y atacado la primera. Esto no es juzgar con rectitud la intención del autor.

Si alguien dice “He aquí 12 cosas que me gustan de la forma ordinaria” y casi todas ellas difieren de las antiguas prácticas de la Iglesia anteriores a la reforma de Pablo VI, no cuesta mucho llegar a la conclusión de que la forma extraordinaria es defectuosa en esos aspectos. Si es una perfección del Novus Ordo el ser más “accesible”, más “flexible”, más “sencillo”, más colmado de Sagrada Escritura, etcétera, y si tales cosas faltan en la Misa tradicional que es, por el contrario, remota, inflexible, complicada, amarrada a un viejo y más conciso ciclo de lecturas, es claro que, en estos aspectos, ésta resulta insuficiente. Si, en cambio, el usus antiquior es en realidad superior en esos aspectos, resultaría irracional que a uno le gustara el Novus Ordo por los defectos que tiene[1].

Pero, más importante, la actitud “lo que me gusta de la liturgia” nos pone, frente a ella, en un predicamento equivocado. Varios de los argumentos planteados por el autor podrían (podrían) ser válidos si enla Misa se tratara principalmente de nosotros. La prueba de que no se refiere “a nosotros” es que al sacerdote se lo ordena para ofrecer un sacrificio, no para presidir una sesión de estudios bíblicos ni para ser anfitrión de una cena comunitaria. Un grupo de estudios o la comida en un club deja todo el espacio que se quiera para lo que los invitados (¡o el anfitrión!) prefieran, para lo que los atraiga, los ilusione, les agrade, les evangelice, los cautive. Un sacrificio no se inmuta por lo que los demás piensen de él:  él es, simplemente, lo que es, y hace lo que es lo suyo. Los reformadores de la liturgia rechazaron la primacía del sacrificio cuando trataron de abolir o minimizar la “Misa privada” -que, en el pasado, se decía en incontables altares a través de la Cristiandad- y de modificar el rito de ordenación y otros textos litúrgicos para disminuir todo lo posible la idea de que el sacerdote es agente de un sacrificio, el cual, argumentaron, era pagano y judaico, no cristiano. 

Los católicos devotos del Novus Ordo formularán a la Misa tradicional críticas como “simplemente no entiendo el latín”, “me parece demasiado llena de adornos” o “quienes asisten a ella despliegan demasiado estoicismo mientras dura”. En el fondo de todo lo que plantean está el “yo”: de lo que se trata es de lo que “ellos” prefieren. Las generaciones anteriores supieron mortificar esta auto-referencia, supieron cómo subordinarla a la herencia recibida, al bien común, a la tradición, que tiene aquí la precedencia. Juan Bautista declara que “Él debe crecer, y yo disminuir” (Jn 3, 30). Del mismo modo, nosotros debemos “descentrarnos” de nosotros mismos y “recentrarnos” en los misterios de Cristo.

Puede que los tradicionalistas lo prefiramos y amemos todo en el usus antiquior, o puede que no. Pero no es eso lo que importa. Lo importante es el compromiso con la fe tradicional, con la verdad de Jesucristo, con el tesoro que la Iglesia nos ha transmitido. Y nos esforzamos por conformar con ello nuestras mentes, nuestros corazones, nuestros gustos y nuestros disgustos. Somos, pues, perfectamente coherentes al objetar no sólo el prometeísmo litúrgico, sino también las desviaciones doctrinales, como la apertura de Amoris Laetitia a dar la comunión a los católicos “vueltos a casar” y el cambio sobre la pena de muerte en el Catecismo. 

Los liberales que secuestraron el Concilio, los liturgistas profesionales que diseñaron el Novus Ordo y el propio Pablo VI se criaron con el usus antiquior que usted tanto defiende. Obviamente ninguno de ellos lo creyó tan grandioso, como que acordaron trocarlo por algo diferente.

Aquí quisiera citar a la Dra. Alice von Hildebrand, en una entrevista de 2001:

“El diablo odia la Misa antigua. La odia porque es la formulación más perfecta de todas las enseñanzas de la Iglesia. Fue mi marido quien me hizo ver esto en la Misa. El problema planteado en la crisis actual no fue la Misa misma, sino el que los sacerdotes que la celebraban habían perdido ya el sentido de lo sobrenatural y lo trascendente: recitaban las oraciones a la carrera, las mascullaban, sin pronunciarlas. Ello fue una señal de que habían traído a la Misa su creciente secularismo. La Misa antigua no acepta la irreverencia, y esa es la razón por la que tantos sacerdotes simplemente se alegraron de que desapareciera”[2].

En mi libro Noble Beauty, Transcendent Holiness [Noble belleza, santidad trascendente] comento esto del siguiente modo:

“La decadencia litúrgica, las desviaciones y el desorden son, tal como la tendencia natural a la entropía, una senda cuesta abajo para el hombre caído. Si se lo abandona a sí mismo, sin la guía de la Tradición deseada por el Espíritu Santo y el ejemplo de tantos santos que nos han mostrado cómo caminar por el difícil camino cuesta arriba de la fidelidad, el hombre caído hará una liturgia según sus propios caprichos y deseos, sus propios programas y objetivos -lo cual es más fácil, y más dañino-. Es la senda cuesta arriba, para la que hay que prepararse con auto-disciplina, la que conduce a esas magníficas vistas, a entrever esa vasta belleza que promueve la humildad y que sólo puede provenir de la mente del Creador. ‘No aborrezcas la labor por trabajosa ni la agricultura, que es cosa del Altísimo. No te juntes con pecadores’ (Ecl. 7, 16-17)”.

No digamos una cosa por otra: los antiguos ritos litúrgicos, si han de realizarse de un modo verdaderamente edificante e imbuido de oración, exigen disciplina, mortificación, estudio y práctica serios, profunda atención, gran piedad e intensa vida interior. Todo sacerdote capaz de realizarlos a la carrera (cosa que solía ocurrir “en aquellos tiempos”, como sabemos, y a veces ocurre todavía hoy), o de saltárselos a pies juntos, ya había perdido tanto su fe como su compromiso con la virtud de la religión. En palabras de Newman, lo que hacía era prestar un consentimiento “nocional”, no real. No fue, pues, ninguna sorpresa el que individuos de ese tipo hayan querido una simplificación radical que los liberara de algo que se había transformado para ellos en una carga onerosa y un ritual sin sentido. Lo que querían era una Misa expedita y un ligero pícnic de salmos. Lo que querían era “ocuparse” con el “auténtico trabajo” de “ayudar a la gente”, difundiendo un mensaje cristiano puro y sencillo con aroma a Marx y Freud. Los energéticos ejecutores del Concilio promovieron una visión del cristianismo enteramente vuelta hacia afuera, no hacia adentro, todo acción, nada de contemplación, todo reforma, nada de formalidad, todo actualizado, nada perenne, privilegiando lo doméstico y no lo solemne, lo informal y no lo hierático. Para decirlo brevemente, el Novus Ordo materializó la impiedad, el activismo y la mundanidad de una determinada generación.

Los que fueron explícitamente modernistas y revolucionarios en sus intenciones (y hubo muchos de ellos) odiaban la Misa tradicional no por el incienso, el canto llano o el latín, cosas que estaban dispuestos a utilizar a veces para sus propios propósitos, sino porque cada oración, cada gesto, ceremonia y rúbrica expresaba la fe católica en su audacia pre-moderna y anti-moderna.

Todo lo cual demuestra que algo malo comenzó a ocurrir antes del Concilio, y sobre este tema más amplio existen varias teorías de gran fuerza. Pero podemos ver que hubo también muchos que fueron profundamente devotos de la liturgia, como lo prueban los mejores autores del Movimiento Litúrgico cuando escriben con fervor y perspicacia sobre su vida cultual, y no existe absolutamente ninguna razón para creer que esa misma liturgia no podría haber seguido siendo aprendida, amada, rezada y transmitida por los católicos de fe seria. La reforma fue impuesta a la Iglesia desde arriba por algunos ideólogos con ideas brillantes; no fue reclamada por los fieles.

Usted, y otros más, escriben sobre la forma extraordinaria presentándola con color de rosa, como si en “los viejos tiempos” se la hubiera celebrado en todas partes piadosa y edificantemente. Pero esto está lejos de ser cierto.

Como lo indica mi cita de Alice von Hildebrand, no niego que haya habido abusos. Para el hombre caído siempre es posible abusar de lo bueno. Una Misa rezada de diez o quince minutos, rápidamente susurrada, fue el problema típico que existió antes del Concilio. ¿Quiere eso decir que la solución era concebir de nuevo la liturgia, a partir de cero? No. Tal cosa no es el modo católico de pensar nada, especialmente la liturgia que hemos recibido de nuestros padres. El Movimiento Litúrgico original dio con la idea correcta: educar a los católicos en su riqueza hereditaria y ayudarlos a tomarla entre las manos.

La liturgia de los apóstoles fue muchísimo más sencilla que la Misa tradicional, y era dicha en arameo o griego. ¿Por qué insiste usted en usar hoy una complicada liturgia medieval en latín? Deberíamos imitar lo que hicieron los apóstoles.

Quien formula esta objeción, sorprendentemente común, adopta una noción protestante de la Misa como una reedición de la Última Cena, con su simple reunión de discípulos para leer las Escrituras y partir el pan, lo cual oscurece lo que ella es en realidad: el ofrecimiento del sacrificio de Cristo en el seno de la comunidad viviente de su Cuerpo, la Iglesia. Como María, “que guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19; 2, 51), también la Iglesia, atesorando y meditando en los divinos misterios, elaboró su celebración de acuerdo con la sabiduría que le era dada desde arriba. Cristo prometió a sus apóstoles: “Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os enseñará toda la verdad” (Jn 16, 13). El desarrollo de la divina liturgia a través de los milenios -desde la ofrenda de Abel hasta el pan y vino de Melquisedec, desde los sacrificios judíos hasta la eucharistiaapostólica, desde la época del monasticismo y de los capítulos de las catedrales medievales hasta el esplendor del barroco- no es sino la preparación, recepción y explicación de la Verdad que se nos ha dado en Cristo y que ha florecido plenamente en la vida de su Esposa: “En verdad, en verdad os digo, quien cree en Mí hará las obras que Yo hago, y las hará todavía mayores” (Jn 14, 12).

El culto cristiano no es la representación escénica de la comunidad de la Pascua, ni un viaje a través del tiempo hacia una época favorita que se elige, sino un todo viviente, edificado lentamente a través del tiempo por los amantes de Dios y atesorado por la Iglesia, que transmite las mismos ritos litúrgicos de edad en edad, aumentados con nuevas bellezas inspiradas por Dios para armonizar con lo que ya existe. A medida que se desarrolla hacia la plenitud de su esencia, la liturgia adquiere mayor definición y mayor perfección en sus elementos secundarios. Esta es la razón de por qué la velocidad del cambio disminuye con el paso del tiempo, y lo que se le añade, aunque valioso, es poco en comparación con el conjunto de ritos, cánticos, textos y ceremonias ya existentes.

Esto es lo que la tradición litúrgica significa: no inventamos de nuevo nuestro culto dando saltos a través de siglos de fe y de devoción; no producimos nuevas anáforas porque pensamos que necesitamos mayor variedad; no nos deshacemos de los ciclos de lectura venerados por más de 1000 años de uso coherente ni los reemplazamos por un ciclo totalmente nuevo compilado por un grupo de académicos; no hacemos opcionales las magníficas antífonas que son carne y sangre del rito romano, etcétera. Los protestantes inventan la liturgia, los católicos la reciben.

Por lo tanto, es no sólo una mala idea, sino también contrario a la fe de la Iglesia en la Divina Providencia y en el gobierno del Espíritu Santo, el rechazar elementos mayores de la tradición litúrgica de la Iglesia latina y reemplazarlos con una combinación de arqueologismos y novedades artificiales, como claramente se hizo en las décadas de 1960 y 1970. La enorme ruptura con la tradición litúrgica anterior, que abarca todos los aspectos y detalles de los ritos litúrgicos, no puede ser disimulada con lugares comunes. Lo que se ha hecho es causar una herida abierta en el Cuerpo de Cristo[3]. Porque, como dice San Vicente de Lerins,

“El principio de piedad admite sólo una actitud: que todo sea transmitido a los hijos con el mismo espíritu de fe con que fue aceptado por sus padres; que la religión no nos conduzca adonde nosotros queremos ir, sino que nosotros la sigamos adonde ella vaya; y que lo propio de la modestia y seriedad cristianas es no transmitir a la posteridad las ideas propias, sino preservar las que se ha recibido de los antepasados” (Commonitorium, cap. 6).

Vale la pena añadir que la primacía del latín en la Iglesia romana fue solemnemente afirmada por Juan XXIII en la Constitución Apostólica Veterum Sapientia de 1962, que no ha sido jamás rescindida. Concordantemente, la noción de que la liturgia debiera ser en vernáculo fue condenada por el Concilio de Trento y por Pío VI en Auctorem fidei. Esto no significa que la liturgia no pueda jamás ser en vernáculo, sino que nadie puede argumentar que debe o que debería ser en vernáculo. Sostener que la Iglesia romana se equivocó al mantener en latín sus ritos es una opinión que ha sido condenada.

Usted objeta el “anticuarismo” -remontarse a siglos pasados para recuperar elementos perdidos para la liturgia-, pero la forma misma de la liturgia que usted trata de revivir es algo que pertenece a un tiempo pasado. ¿No peca usted de lo mismo?

La recuperación del usus antiquior no constituye un caso de anticuarismo por dos razones básicas.

Primero, él no ha dejado jamás de celebrarse. Incluso cuando Pablo VI trató de reemplazarlo, una minoría del clero, al comienzo clero viejo y luego sacerdotes nuevos y, finalmente, algunas comunidades religiosas enteras, continuaron usando el antiguo misal, o usaron ambos misales. Por consiguiente, el usus antiquior representa una tradición viva ininterrumpida, tan antigua que no podemos siquiera precisar cuándo y cómo surgió[4].  La nueva Misa, en cambio, tiene un nacimiento preciso: el 3 de abril de 1969. Pronto cumplirá cincuenta años y cómo se le nota ya la edad…

Segundo, es comprensible que, con el paso de los siglos, ciertas prácticas se modifiquen o desaparezcan, debido a las presiones de un determinado período o a nuevos énfasis. Así, la comunión en la mano fue gradualmente reemplazada por la comunión en la lengua, considerada como un modo más reverente y seguro de recibir el Cuerpo del Señor, cuya adoración se intensificó. Es una forma de anticuarismo tratar de reactivar ciertos elementos después de siglos de su desaparición. Pero la liturgia en su conjunto no es algo que pueda modificarse o desaparecer, excepto por un uso abusivo del poder[5]. Por ello, el usus antiquior tiene derecho de primogenitura y conserva la posesión, y no puede jamás ser excluido de la vida de la Iglesia. Y ocurre también que es más relevante para las necesidades de los católicos modernos.

La posición de usted implica que nada en la forma ordinaria es una mejora respecto de la liturgia anterior. De hecho, usted parece incluso que la rechaza totalmente.

Pensé durante algún tiempo que había algunas mejoras en el Novus Ordo. Por ejemplo, creí que era bueno tener más prefacios, más lecturas, y más flexibilidad en cuanto a lo que puede cantarse (o sea, cantar el Ordinario sin los Propios y viceversa, haciendo así posible más canto, en vez de un enfoque “todo o nada”). Pero el diablo está en los detalles. Si se examina estas cosas más detenidamente y, lo que es más importante, a medida que se adquiere más experiencia en ambos ritos, se comienza a ver muchos defectos en estas supuestas “mejoras”[6]. Desgraciadamente, hay pocos que tengan la paciencia o la oportunidad de comparar los ritos, para ver qué se cambió y por qué, por lo que las concepciones superficiales salen ganando. Con excepción de algunos detalles mínimos[7], no veo nada en el Novus Ordo que represente una mejora en el rito latino que nos ha precedido y que tiene un pedigrí de siglos y de milenios. En general, el Novus Ordo es un ritual empobrecido, con pequeñas preferencias particulares de una cantidad de académicos especialistas que las lanzaron al medio, y con una inmensa palabrería. El resultado es como era de esperar: muchos católicos se marchan molestos por la desacralización del culto,  y los que se quedan o han llegado posteriormente, han absorbido de él nociones erradas incluso sobre lo que la liturgia es -y ello, sobre la base de lo que el Vaticano II dice sobre la liturgia en la primera parte de Sacrosanctum Concilium, que es como una exposición teológica de la Misa Solemne, no de la Missa normativa del Consilium-.

La Misa Novus Ordo es sacramentalmente válida (y lo mismo puede decirse de los otros ritos sacramentales), pero dicho eso, el experimento completo de modernización constituye una decepción, para no decir un escándalo, una vez que se llega a conocer las riquezas del usus antiquior. Y no hablo solamente de la Misa. Los antiguos ritos del bautismo, la confirmación, la penitencia, el matrimonio o la extremaunción y, sobre todo, del orden sagrado, son muy superiores a sus versiones “reformadas” desde todo punto de vista: ascético-místico, doctrinal, moral, estético. Incluso el breviario de San Pío X, que tiene sus problemas, es claramente mejor que la Liturgia de los Minutos -Horas, quise decir-[8].

Yo no rechazo la nueva liturgia. Es la propia Tradición de la Iglesia la que la repudia como algo extraño. Los ritos sacramentales ciertamente tienen validez, ya que el Señor no privaría a su pueblo de acceso a la gracia; también tienen una licitud funcional. Pero nada de esto toca la cuestión de la autenticidad de un rito, considerada en línea con su propio desarrollo histórico a partir de las raíces apostólicas, o las profundas cuestiones de su adecuación que rodean la puesta por obra de cualquier liturgia. Pablo VI empeñó su autoridad en la imposición de la nueva liturgia a la Iglesia y, al hacerlo, abusó tanto de esa autoridad como del Pueblo Dios.

A estas alturas, ¿no debiéramos estar trabajando en mejorar la celebración de la forma ordinaria? Después de todo, es el rito con el que ora el 99% de los católicos, y debiéramos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para corregir sus abusos y elevar su dignidad.

Hasta cierto punto, sí, y hasta cierto punto, no. Sin duda, es bueno para los católicos poder oír canto gregoriano, y latín, y ver al sacerdote de cara al oriente, y ver hermosos ornamentos, oler incienso y oír el sonido de las campanas, arrodillarse delante de la Palabra hecha carne y recibirla en la lengua.

Pero no nos engañemos a nosotros mismos: la “reforma de la reforma” no puede tener éxito.

Cada vez que un esfuerzo oficial para llevar a cabo la “reforma de la reforma” adquiere impulso, se descarrila. Benedicto XVI abandonó a la grey en medio del primer esfuerzo serio por mejorar el yermo litúrgico postconciliar. El Cardenal Sarah ha sido abofeteado repetidamente por el Vaticano por sus modestas propuestas de hacer que el Novus Ordoparezca liturgia católica. El papa Francisco celebra la Misa de modo tan descuidado que bien podría ser el sumo sacerdote de alguna burocracia corporativa. Miles de Oratorianos celebran intrépidamente “el rito de Michael Napier”, inventando un buen poco para llenar los vacíos del Misal de Pablo VI, pero están ubicados en los márgenes, decididamente aparte. Al interior de la Iglesia, existe un nivel de mediocridad en que se afirma una y otra vez, como si fuera una fuerza gravitacional, una Missa normativa que no es ni egregiamente abusiva ni se caracteriza por nada noble, ya sea la “noble simplicidad” o su a menudo olvidada contraparte, la “noble belleza”[9]. Salvo algunos imprevistos nacimientos de colorines, tal es el tipo genético que predomina continuamente en las crías. Además, está claro que Pablo VI no pensó en un Novus Ordo “solemne” o “tradicional” al promulgar el nuevo misal. En la audiencia general de 26 de noviembre de 1969, alabó tranquilamente las glorias del latín y del canto gregoriano antes de proceder a explicar que la Iglesia pedía a los fieles sacrificar ambas cosas para siempre a fin de poder ganar al Hombre Moderno. De modo que quienes se afanan revistiendo al Niño Dios de Praga puede que den pruebas de un trágico heroísmo, pero están trabajando contra las claras intenciones del juez que nos impuso estas cadenas y grillos.

En un nivel más práctico, el sacerdote que, inspirado por El espíritu de la liturgia de Ratzinger y por otras estimulantes lecturas, trata de elevar el Novus Ordo -lo cual significa, por lo general, enriquecerlo ad libitum con elementos ya bien incorporados en el usus antiquior– va a crear oposición en el rebaño, y tarde o temprano llegarán quejas al obispo. En nueve de diez casos, el cura visionario va a ser llamado a dar cuentas y se le hará una advertencia por su alteración del orden o, tarde o temprano, será trasladado a otra iglesia, en tanto que su reemplazante llegará y deshará la mayor parte de sus reformas. He visto y oído esto cientos de veces. Es quizá la causa número uno de trauma entre los fieles católicos que todavía adhieren a la liturgia de Pablo VI. Haría falta no sólo un Papa descollante sino una serie seguida de ellos, como asimismo varias vueltas de carnero del episcopado a nivel mundial, para que el Novus Ordo pudiera lucir, por regla general, como liturgia católica en continuidad con los 1500 años precedentes de culto en la Iglesia. Mientras tanto, el alma de los fieles es tironeada de un lado para otro, de acuerdo con los temperamentales caprichos de curas, obispos y Papas, y nuestros hijos aprenden la lección de que la liturgia católica es más o menos el juguete de quien tiene más poder en un determinado momento. Además, la “reforma de la reforma” no debieratener éxito, porque todo lo que hace no es sino ocultar el hecho de que el problema fundamental es la liturgia reformada en sí misma y no “el modo cómo se la celebra”[10]. Esto es cierto, sobre todo, para el sacerdote. El laicado podrá seguir cargando a la rastra, al estilo soviético, su culto semanal, pero el sacerdote es quien ha sido más gravemente privado de alimento por la Misa Bauhaus de Pablo VI[11].

Me temo que la realidad es la siguiente: la forma ordinaria y la forma extraordinaria no pueden convivir pacíficamente porque sus principios son incompatibles. Los defensores más serios de la forma ordinaria -académicos como el P. Pierre-Marie Gy, Mons. Kevin Irwin, Massimo Fagioli, Andrea Grillo y casi todos los que escriben para Pray&Tell– tienen perfectamente claro que los nuevos ritos representan una nueva visión teológica nacida del Concilio Vaticano II, la cual repudia en gran parte el legado de Trento. Como declaraba el cardenal Lercaro, actor importante en la reforma litúrgica, sin temor a ser contradicho: “El período histórico que llamamos tridentino está cerrado”[12].

Puede que se dé una tregua inestable, pero las cosas mismas tienden en direcciones opuestas, como era de esperarse, porque tienen orígenes opuestos. El usus antiquior nos llega desde la Tradición: ya existía desde mucho antes de que su primera versión, con aprobación papal, fuera promulgada en 1570. El Novus Ordo es una creación ex nihilo del poder papal en 1969. Como una parodia de Melquisedec, no tiene ni padre ni madre, pero continúa interminablemente. Jamás en la historia de la Iglesia había existido un misal nuevo: sólo había habido nuevas ediciones del mismo viejo misal. Y no es bueno pretender que ambos están en continuidad: el contenido es demasiado diferente, no sólo en los textos (oraciones, antífonas, lecturas, ofertorios, anáforas, etcétera), sino también en los gestos y ceremonias. Hay una extensa y profunda divergencia en todos los aspectos[13].

Es tan grande la diferencia que los sacerdotes que descubren la Misa antigua la encuentran poderosamente transformadora de su sacerdocio, aun después de haber celebrado devotamente el Novus Ordo por muchos años[14]. Por tanto, el sacerdote que ama a Cristo, a la Iglesia, a su propia alma y a las almas de su rebaño debiera aprender una Misa -y luego apoyarse en ella- que lo deleitará con “médula y gordura” (Sal 62, 6), aunque no sea más que como un descanso en el esfuerzo, cuesta arriba, siempre algo movedizo e idiosincrático, de cubrir con ropas a un pordiosero desnudo que se despojó de sus vestimentas devocionales y teológicas. 

***

Todo este oscilante esfuerzo se basa en algunas comparaciones poco realistas. La mayoría de quienes aman los “aromas y campanas” compararán su Novus Ordo en versión “reforma de la reforma” -tan difícil de hallar como una aguja en un pajar, y que no supera quizá el 1% del mundo católico- con una Misa rezada, a toda carrera, de 1950, con recuerdos de explosión demográfica, la cual básicamente ya no existe en parte alguna en 2019. Para ser sinceros, hay que reconocer que algunos “tradis” anti-Francisco hacen lo mismo cuando comparan una Misa solemne en una catedral barroca con una Misa circense celebrada sobre una “tabla de planchar”. Tampoco ninguna de estas dos cosas ocurre normalmente.

Lo que poca gente parece dispuesta a hacer es comparar la Misa ”término medio” -o sea, la que se encuentra típicamente un día domingo: la tradicional Missa cantata– con el Novus Ordo en una ciudad cualquiera. La primera tiene canto llano y música sagrada de otros estilos; emplea sólo ministros varones debidamente revestidos; conserva el Canon romano; distribuye la comunión en la lengua a fieles arrodillados, etcétera. La segunda es válida; tiene una música horrible; usa niñas acólitas; hay ministros extraordinarios de la comunión y lectores laicos; usa un canon de fabricación reciente, y distribuye la comunión a fieles que están de pie formando cola. En esta comparación, nosotros ganamos absolutamente: llámese a esto el “Pepsi Challenge” litúrgico: vaya usted a una Missa cantata y luego a cualquier Misa dominical Novus Ordo. Luego regrese a informarnos, lector electrónico, y díganos si estamos equivocados. Los fieles que asisten exclusivamente al Novus Ordo, o que quizá hayan estado en una Misa rezada un par de veces, se encuentran en una enorme desventaja. Cuando leen argumentos escritos por los tradicionalistas, sienten que el catolicismo está siendo atacado, o que se ataca su fidelidad personal, o la santidad de la Eucaristía. Pero no ocurre nada de esto: muchos católicos son admirablemente fieles a lo que se les ha dado, aunque sea poco, y el Señor, que está verdadera, real y sustancialmente presente incluso en una Misa que peca contra Su Providencia Litúrgica, puede, a pesar de todo, santificarlos. Pero el “espíritu del Concilio Vaticano II” y la reforma litúrgica que lo materializó perfectamente los han privado de gran parte del contenido histórico y teológico del catolicismo, y los han dejado con una cáscara, con un simulacro, con un sustituto.

El Novus Ordo, incluso en sus mejores momentos, sigue siendo una dieta de hambre si se lo compara con las riquezas de la tradición litúrgica preconciliar. Dios puede santificar a los presos en una cárcel donde se los alimenta con pan y agua, pero no es éste el modo en que Él quisiera santificarnos a la mayoría de nosotros. “Vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10), dice el Señor, y esto se aplica también a la vida litúrgica.

Si la ansiada renovación de la Iglesia ha de comenzar alguna vez en serio, los católicos tienen que hacerse cargo de esta tragedia de ruptura y supresión, pero sin dar lugar a la ira y a la desesperanza, y resueltos a buscar y encontrar la plenitud de la fe. La Esposa de Cristo no puede ser rescatada de ningún otro modo del fango y suciedad que empañan su belleza terrena.


[1] La sensación de “Me gusta el hecho de que la forma ordinaria es todas estas cosas” es difícil, si no imposible, de separar del juicio “Me desagrada el hecho de que la forma extraordinaria no es ninguna de estas cosas” y del deseo de que, de algún modo, sus “defectos” pudieran ser superados en alguna futura revisión de ella. Así, tenemos a un oratoriano que ha opinado recientemente que la Misa antigua debiera estar disponible en vernáculo para que se adapte mejor a la doctrina de Calcedonia (!); y tenemos a un sacerdote que nos proporciona una larga lista de “mejoras” que habría que importar de la forma ordinaria a la forma extraordinaria; tenemos abogados de la “liturgia pastoral”, descendiente últimamente empollada de Jungmann, que sustituye las lecturas cantadas en latín de la Misa solemne por lecturas habladas en vernáculo, violando también de paso la direccionalidad simbólica de la lectura y del Evangelio por su lectura versus populum, y acusando a continuación de “elitismo” y “esteticismo” a quienes siguen la Tradición; y así sigue y sigue el carrusel de “modernos que saben más”, que deja un sangriento desorden en el suelo del lugar de operación. He respondido estas llamaradas de intrusionismo en muchos lugares -por ejemplo, aquíaquí y aquí.

[2] “Present at the Demolition: An Interview with Dr. Alice von Hildebrand”, The Latin Mass, Summer 2001, disponible aquí (11 de enero de 2017). 

[3] Para una exposición más completa del problema, véase mi conferencia “Reverence is Not Enough:On the Importance of Tradition”, que constituye el capítulo 2 de mi libro Noble Beauty, Transcendent Holiness (Angelico, 2017).

[4] Hay motivos para creer que la liturgia en Roma se tradujo del griego al latín en el siglo IV, con el papa Dámaso I (366-384), pero la información que poseemos es escasa. Henry Sire comenta: “Debiéramos advertir que el espíritu del nuevo vernáculo fue lo opuesto de aquel en que los vulgarizadores de la década de 1960 hicieron su trabajo. Dámaso mismo fue un refinado latinista, y tuvo el cuidado de escribir las oraciones de la liturgia en un estilo que cumplió con los estándares de la tradición retórica romana. El Canon romano, cuya mayor parte, tal como la conservamos hoy, adquirió su forma en aquel tiempo, puede serle atribuido, y lo mismo es verdad de las colectas que, como el mismo Canon, reflejan las finas cadencias de la prosa clásica. Las convenciones de las oraciones paganas, que datan de Virgilio y de Homero, se reflejan en las oraciones cristianas y, en su preocupación por dignificar el lenguaje del culto, Dámaso pone a veces un antiguo término pagano en vez del cristiano. Su liturgia latina fue, así, un alto vernáculo, que usa deliberadamente arcaísmos para expresar la santidad del culto. El resultado de su arte ha sido darnos, en el rito tradicional de la Misa, una expresión distinguida de la última edad de la civilización antigua” (Sire, H., Phoenix from the Ashes, Kettering, OH, Angelico, 2015, p. 266).

[5] Esta es la razón por qué los tradicionalistas son coherentes cuando rechazan también la espuria reinvención que Pío XII hizo de la Semana Santa.

[6] Por ejemplo, sobre los Prefacios, véase aquí para un tratamiento general y aquí para un estudio de caso.

[7] Un ejemplo sería la restauración de una adecuada cantidad de lecturas a la Vigilia Pascual, las que habían sido bárbaramente reducidas a cuatro en el asalto a la Semana Santa realizado por Pío XII. Por una parte, el Novus Ordo hace opcional el conjunto entero de lecturas (cosa que hace en tantos otros casos) y, por otra parte, no había defecto alguno con las lecturas anteriores a Pío XII. Así, se trató de una “solución” a un problema creado por la pasión de reforma litúrgica. Véaselo de este modo: mientras más individuos se entrometieron en la liturgia pre-Pablo VI, más problemas se crearon a sí mismos, y para estos “problemas” la liturgia de Pablo VI pareció una solución. Pero es quizá el caso más extraordinario en la historia de un remedio que resulta peor que la enfermedad. 

[8] Sobre el Breviario de Pío X, véase esta entrevista con S.E.R. Athanasius Schneider. Un excelente resumen son sus peculiaridades puede verse aquí y aquí.

[9] Esta frase se usa en Sacrosanctum Concilium, núm. 124.

[10] Podemos ver esto en el modo en que las oraciones de la Misa fueron gravemente alteradas o suprimidas, para que la lex credendi de los fieles cambiara también. Los ejemplos son innumerables. Baste mencionar los siguientes: aquíaquíaquíaquíaquí yaquí.

[11] He abordado esto con más detalle aquí, aquíaquíaquí y aquí, para quienes se inician. Un pensamiento sombrío: lo que Pablo VI puso en movimiento, durante el Concilio Vaticano II y después de él, fue tan eficiente para el vaciamiento de los monasterios y conventos en el mundo como lo que Enrique VIII hizo en Inglaterra con la reforma anglicana.

[12] Véase Chiron, Y., Annibale Bugnini: Reformer of the Liturgy, trad. de John Pepino, Brooklyn, Angelico Press, 2018, p. 119.

[13] Para anticiparse a otra objeción: sí, los reformadores obtuvieron mucho de su materia prima en viejos sacramentarios que habían caído en desuso desde hacía mucho tiempo en la forma como se los encuentra en los manuscritos, pero rara vez se detuvieron ahí, y alegremente editaron casi todas las líneas para ponerlas de acuerdo con sus propias teorías sobre lo que el “hombre moderno” necesitaba oír. No pudieron ni siquiera recoger las fuentes antiguas sin suprimir lo que les pareció inconveniente y sin innovar. ¡Qué hibris! ¡Qué miopía!

[14] De los muchos testimonios, se podría partir con este conjunto de cuatro.

(Traducción tomada con autorización de Asociación Litúrgica Magnificat. Artículo original)

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).