A través de las cuatro velas que forman la corona de Adviento hago mi reflexión personal sobre este tiempo litúrgico que nos prepara para la Navidad. Creo que desde los colores de las cuatro velas (que coinciden con los cuatro colores litúrgicos principales) podemos sacar abundante provecho espiritual.

Comencemos con la vela MORADA. Color de penitencia y de duelo. Es una invitación al arrepentimiento como inicio delo camino hacia Dios. Si: hemos de hacer examen de conciencia para apartar de nuestra vida todo aquello que nos aleja de Dios, o sea, el Pecado. Y en este sentido es una penitencia GOZOSA, pues no hay mayor alegría para un enfermo que tener a mano la vacuna que le cura con seguridad absoluta de todos sus males ya sean epidémicos o endémicos. Pues creamos de una vez que la enfermedad es el pecado, el enfermo cada uno de nosotros y la vacuna es la CONFESIÓN. Si, ese sacramento en gran parte olvidado porque a veces los mismos fieles no encuentran facilidades para confesarse, porque se nos ha colado la gran mentira de que “todos estamos salvados hagamos lo que hagamos” y porque desde la primera catequesis son muy pocos los niños que son formados en la realidad del pecado como ofensa a Dios.
Hay que CONFESARSE, y hay que hacerlo….perdón por la expresión….por amor a uno mismo. Cuando la fe es profunda, descubrimos que la confesión es un encuentro con la misericordia de Dios y que cada vez que nos confesamos causamos una alegría en el Corazón de Cristo y una sonrisa en su Rostro Sagrado.
Acudamos a confesar, y si hace mucho que no lo hacemos, busquemos la ayuda imprescindible del catecismo y sobre todo de un sacerdote que nos guíe. Pero, queridos amigos….con prudencia y audacia: que sea un sacerdote que crea en el Pecado y en el Infierno, pues solo desde ahí podrá consolarnos con la alegría del Perdón y la Eternidad celestial. No busquemos pues al médico que nos va a “regalar el oído” sino al que nos va a “curar el corazón”.

Seguimos con la vela VERDE. Color de Esperanza. Invitación al gozo de la espera en Cristo. Él quiere que nos salvemos y seamos eternamente felices. Y nos promete su ayuda toda la vida, nos regala su Palabra y su Iglesia, sus Sacramentos, su Santísima Madre, la intercesión de los santos y ángeles…..todo ello se une en feliz armonía para llevarnos al Cielo. Si: pensemos mucho en el Cielo. Pensemos en la gloria eterna tanto cuando la vida material nos sonría (para no apegarnos a lo caduco y temporal) como cuando vivamos la cruz más amarga (para saber que los sufrimientos de esta vida no son nada comparados con la felicidad a la que hemos sido llamados, como enseña San Pablo en Romanos 8,18).

Continuemos con la vela ROJA. Color de martirio. Ya en camino, los cristianos tendremos la oportunidad no pocas veces de dar testimonio de amor supremos desde el martirio de la vida cotidiana. Pues..¡No solo es martirio morir por odio a la fe!….ese sería un martirio explícito, claro…del que han dado buena muestra miles y miles de cristianos a lo largo de toda la historia. Hay otro martirio más implícito y es el de ser fiel y coherente a la fe en medio de sociedades paganas y secularizadas donde se pretende que se viva la fe solo desde el ámbito íntimo y privado. Pero incluso existe un martirio más “escondido” en el ámbito propio de la conciencia personal. Y es la lucha contra la propia subjetividad….si, no exagero. Y lo ilustro a través de una frase: “Hay que actuar en conciencia, si, pero antes ha de formarse la conciencia”. Hoy está muy de moda, incluso desde formadores y teólogos que en realidad son los causantes de estos desvaríos, decir que uno actúa en conciencia ante Dios que habla a la misma. Eso es verdad, pero requiere que la conciencia esté liberada de la mentira y el error, pues entonces creyendo oír la voz de Dios es posible que sea del diablo vestido de oveja. Por tanto hay un martirio al alcance de todos: NO atendamos solo a nuestra subjetividad,a a nuestra manera personal de ver las cosas….hay que formarse antes. Y esa formación no es autodidacta sino que requiere la HUMILDAD de dejarse formar por la Iglesia que tiene ese deber moral como muy bien ha recordado el Papa emérito Benedicto XVI en repetidas ocasiones. Formemos la conciencia desde la Palabra de Dios legítimamente interpretada por el Magisterio de la Iglesia (como señala la “Dei Verbum” del Vaticano II), y dejémonos acompañar por un director espiritual que sea nuestro consejero en el proceso formativo. No caigamos en la tentación de Satanás que dijo NON SERVIAM a Dios, porque quería caminar solo por la eternidad despreciando el amor de Dios.

Y terminemos con la vela BLANCA. Color de Navidad, de Pascua, de Paz eterna. Es el final del camino, al que llegaremos si tomamos nuestra cruz de cada día, con mucha alegría de saber que caminamos hacia el Cielo, pero a la vez con la responsabilidad y compromiso del que sabe que al caminar por la tierra se encuentra toda clase de obstáculos) empezando por la propia soberbia. Tengamos muy en cuenta que ese camino no se hace solo sino acompañado, muy acompañado….de tantas personas que Dios ha puesto cerca de nosotros. El camino es una realidad comunitaria, fraterna, con preferencia siempre hacia los que más sufren que son, no lo olvidemos, los que más lejos estén de la gracia de Dios. Al final, si somos fieles, como enseña Jesús en la parábola del juicio final (Mateo 25) escucharemos la voz Divina “Venid benditos de mi Padre…”…y celebraremos para siempre la eterna navidad en la eterna resurrección.

Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".