Pereza, abatimiento, rendición y flaqueza, falta de Fortaleza en el Religioso contemporáneo

Las fuentes de la pereza son: el orgullo, el amor propio, la vida tranquila, la timidez o falta de fortaleza, la “molicie”, o sea, la falta de decisión y de energía, la avaricia o el apego excesivo a los bienes de esta tierra, el no querer tener enemigos y, por tanto, entrar en compromisos con los enemigos de Dios.

El abatimiento nace 1º) de la presunción excesiva de sí mismos, que nos deprime frente a nuestras debilidades, que no querríamos admitir o 2º) de la pusilanimidad, que nos invita a no actuar con la excusa de nuestra pequeñez, que es falsa humildad, la cual puede ser más peligrosa, a veces, que el mismo orgullo.

Los vicios contrarios a la virtud de la fortaleza son “la molicie[i] y la rendición, que nos llevan a no resistir a las dificultades, y nos exponen a retirarnos inmediata y fácilmente del hacer el bien frente al mínimo tropiezo y obstáculo” (Suma Teológica, Parte II – Sección II, cuestión 138, artículo 1).

El don del Espíritu Santo da a la virtud la energía, la prontitud y la invencible perseverancia en el ejercicio de la misma. Robustece al alma en la práctica instintiva, directa e inmediata de la virtud de la fortaleza, que, en cambio, debe razonar y comprender cómo regularse antes de poder actuar; el don consiste en una “especial confianza o super-esperanza, que supera las fuerzas de la naturaleza humana, infundida por el Paráclito en el alma humana, que excluye todo temor incluso mínimo […], haciendo posible que el hombre tenga la confianza invencible de llegar al término de la obra emprendida, superando toda dificultad, obstáculo, peligro y mal” (cuestión 139, artículo 1).

La Sagrada Escritura nos advierte: “Militia est vita hominis super terram!”. Desgraciadamente, el espíritu del catolicismo-liberal y del modernismo, que quieren casar el Cristianismo con la modernidad, está impregnado de falta de fortaleza, de rendición, de pacifismo no beligerante (natural y sobrenatural) y es enemigo solamente del espíritu combativo contra “el mundo, el demonio y la carne”.

Los Religiosos

La acedia (o pereza espiritual) es un riesgo que corren también los consagrados que viven en un convento. Es famoso el fresco en el Sacro Speco de Subiaco, que representa a San Benito curar a un monje acedioso con la vara, obligándolo a ir a los oficios de la comunidad (a los cuales faltaba demasiado fácilmente) a fuerza de sonoros azotes en sus flancos.

En el convento, la vida regular marcada por los mismos precisos e invariables horarios, siempre igual, que puede parecer “monótona” y, fuera del convento, la derrota de la vida apostólica pueden llevar al consagrado incluso al abatimiento y al desánimo. Pero esto es fruto de un equívoco: los fracasos externos no deben abatirnos, sería una falta de fortaleza: incluso Jesús tuvo muchos. Sin embargo, nos enseñó: “Si el grano de trigo no cae a tierra y muere, no da fruto”. Más aún, nos salvó precisamente por medio del fracaso humano del Calvario, abandonado por todos (aparentemente incluso por su misma Divinidad). La palabra “Cruz” viene del latín “Cruciari” y significa ser atormentados. Para ir al Cielo es necesario pasar a través del crisol de los tormentos materiales y los – todavía más duros – espirituales, soportados con paciencia.

Para evitar el peligro de la acedia y del desánimo, que pueden llevar a la desesperación, es oportuno conocer la teología ascética y mística, que nos explica los falsos conceptos de la vida espiritual y nos preserva de ellos. Además, es más necesaria que nunca la caridad sobrenatural, que nos hace amar a Dios por sí mismo y no por los consuelos que puede darnos. “El Amor es más fuerte que la muerte”. Si nos buscamos a nosotros mismos en la vida religiosa (“gula espiritual”), entonces ante las primeras dificultades (aridez, fracasos apostólicos) caemos en la acedia y en el desánimo. En cambio, como enseña san Agustín “ubi amatur non laboratur et si laboratur labor amatur” (“donde se ama uno no se cansa y si se cansa se ama incluso el cansancio”). Es necesario no replegarse nunca sobre nosotros mismos: las dificultades, les preocupaciones, los fracasos, los defectos, las enfermedades deben ser vividas como medios que Dios nos ofrece para poder llegar a Él, por medio de las humillaciones que nos procuran y y de las cuales solas nace la humildad (san Ignacio de Loyola).

El “chivato” que se enciende cuando la acedia y el abatimiento invaden nuestro espíritu es la disipación o falta de recogimiento, de vida interior y de unión con Dios: amado, conocido e interpelado en la meditación “como un amigo habla con su Amigo” (san Ignacio de Loyola). Viene acompañada generalmente de fenómenos externos fácilmente reconocibles: la vana curiosidad por las cosas de este mundo y de los asuntos ajenos; la excesiva locuacidad, por lo que quien habla demasiado con los hombres no consigue hablar con Dios; la inquietud corporal que es síntoma de falta de paz interior; la inestabilidad que nos lleva a cambiar de opinión, humor, como una caña agitada por el viento o una bandera. Todo esto puede ser el camino de la defección y de la pérdida de la vocación religiosa[ii].

La vida religiosa tiene una gran compañera, que puede convertirse en enemiga nuestra si no sabemos apreciar sus dotes: la soledad. San Bernardo de Claraval decía “o beata solitudo o sola beatitudo” (“oh feliz soledad, oh sola felicidad”), a condición de que se llene de Dios, “conocido, amado y servido” (san Pío X). Si el religioso busca la paz en la compañía de los hombres está desviado porque ha elegido servir ante todo al Señor, separándose de las creaturas. Por eso, los Padres del desierto enseñaban a sus jóvenes novicios “fuge, tace et quiesce” (“huye del mundo, calla con las creaturas y descansa en Dios”). Si el consagrado consigue apreciar la soledad porque le da la posibilidad de estar solo a solo con Dios, si consigue huir del vano honor del mundo, callar con respecto a las cosas de aquí abajo y a permanecer en paz con el Señor, consigo mismo y posiblemente con el prójimo, está en el camino derecho que le conducirá al Cielo.

Si se tiene el Amor de Dios o la Gracia santificante, que conlleva la presencia real de la Santísima Trinidad en nuestra alma, para poder conocerLa, amarLa y hablar con Ella, entonces se tiene todo y no hay motivo alguno para ser acediosos, estar abatidos, temer la soledad, sino que se encontrará en la oración y en el trabajo (“ora et labora”), en el silencio, en el apostolado, aunque no tenga frutos aparentes y llamativos, la verdadera paz del alma que nadie nos puede quitar, salvo nuestra mala voluntad. Mucho, más aún, muchísimo depende de ella; santo Tomás de Aquino escribe: “un hombre es llamado bueno no porque tiene buena inteligencia, sino porque tiene buena voluntad”. Pidamos, entonces, al Señor que haga buena nuestra pobre voluntad, orientándola a Él y llenándola de la Gracia santificante, de las virtudes infusas y de los siete dones del Espíritu Santo.

Conclusión

La fortaleza es una perfección característica de Dios, el Deus fortis (Éx., XV, 6; Sal., XXI, 14). Es siempre y solo un don de Dios, por parte del hombre se tienen sobre todo fragilidades e impotencia. Sin embargo, con la ayuda de la Gracia, poco a poco se puede hacer desaparecer la debilidad intrínseca a nuestras facultades.

Toda virtud, vida buena y honesta, encuentra obstáculos y dificultades. Por tanto, permanecer firmes frente a las dificultades sin dejarse desanimar por ellas y salir huyendo corresponde sobre todo a la fortaleza. En efecto, ahuyenta los temores de las adversidades y asperezas, nos ayuda a soportarlas y a atacarlas, pero con orden y racionalmente.

En la Confirmación recibimos la plenitud de los siete Dones del Espíritu Santo y especialmente la fortaleza (“ad Robur”), que si es correspondida, puede liberar de toda ansiedad humana, darnos una calma, seguridad, decisión, que nos vuelven victoriosos frente a los obstáculos y a las adversidades.

El hombre posee bienes más grandes que su fortuna, salud, reputación, estima, afecto de los demás e incluso que su vida temporal: son los bienes sobrenaturales de la Gracia santificante, que es preludio de la vida eterna. Por tanto, si es necesario, hay que sacrificar los bienes perecederos para conquistar los inmarcesibles.

sì sì no no

(fin de la tercera y última parte)


[i]      La “Molicie” es la falta de decisión, de fuerza, de energía, de nervio y es sinónimo de debilidad, flaqueza, afeminamiento.

[ii]     Cfr. S. Th., I, q. 62, a. 2, ad 2um.

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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