Cristo, nuestro Señor, y con Él los sagrados escribas del Nuevo Testamento no deben ser asumidos como Camino, Verdad y Vida. Esta es la nueva dirección histórico-crítica que, desde hace algún tiempo, nos es indicada como único instrumento de correcta exégesis. Por el hecho de que, en tiempos de Jesús, no operaba la tecnología de los magnetófonos, las grabadoras, los teléfonos móviles, idónea para transmitir Su exacta enseñanza – así como afirma el autorizado Prepósito General S. J., el padre Arturo Sosa –, se sigue de ello el legítimo dudar de que algunos de los pasajes de los Evangelios sean conformes a los parámetros modernos del vivir cristiano, es decir, que los cuatro evangelistas, así como los autores de las Cartas y de los Hechos, manipularon o entendieron mal la Palabra de Jesús, transmitiéndola alterada, sin responder al correcto sentido contemporáneo. He aquí, entonces, el montón de biblistas, de intérpretes, de exegetas postconciliares y bergoglianos, trabajando para rescribir el mensaje cristiano y proponer una nueva lectura, al ritmo de los tiempos humanos, respetando la nueva sensibilidad ética, ecológica y políticamente correcta, en apertura fraterna al mundo y a sus exigencias.

En tres artículos nuestros precedentes, examinamos con lupa crítica algunas alteraciones formales y, por ello, sustanciales, cometidas por la exigencia – dicen los falsarios conciliares – de adecuar el mensaje evangélico a los desafíos que el mundo contemporáneo lanza a la conciencia del cristiano. Desarrollamos la temática en términos etimológicos y semánticos, demostrando cómo la adopción, por ejemplo, de la expresión “non abbandonarci alla tentazione” es peyorativa respecto al canónico “non ci indurre in tentazione”, que la decisión papal ha decidido enviar al desván.

Por tanto, el fin al que se dirige la presente intervención es desenmascarar la traición que los clérigos innovadores están urdiendo soberbiamente contra el VERBUM DEI, la Palabra de Dios.

Es oficial: el papa Bergoglio, al poner en ejecución el proyecto revolucionario y disolutivo, introducido ya en la incubadora de los documentos conciliares y que prevé un ‘aggiornamento’ pastoral de la Iglesia, ha decidido silenciar a Cristo, eliminando sus palabras, para imponer las que agradan al mundo. De modo que, con el pretexto del giro ‘pastoral’, procede a la transformación del dogma – que tal es la inerrancia de la Escritura – reduciéndolo a opinión ‘evolutiva’ y elástica, pero elevando contextualmente a dogma el hegeliano ‘zeigeist’, el espíritu del tiempo, inaplicable a la inalterabilidad de la Palabra de Dios. No haremos excursos sobre manipulaciones urdidas por los traductores neotéricos sobre el Antiguo Testamento, pues sería largo el catálogo de las fechorías, siendo suficiente citar el salmo 95, cuyo versículo 5 “Omnes dii gentium daemonia” – ed. Vulgata de San Jerónimo – se ha cambiado en “Tutti i numi dei popoli sono inani” [“Todos los dioses de los pueblos son vanos”, ndt] (Sacra Bibbia, Ed. Paoline 1964, pág. 652), con claro y perfecto alineamiento con la herética cultura del CV2, según la cual, una vez establecido que toda religión lleva, de algún modo, la impronta del Espíritu Santo, no se diga nunca que los ídolos paganos son ‘demonios’. Al máximo una vanidad. Un cumplido, después de todo. Pues bien, creyendo firmemente en la divinidad de Jesús, que declara: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24, 35 – Mc. 13, 31), no se comprende cómo la Jerarquía, con el Papa a su cabeza, se siente autorizada a eliminar Su palabra original, auténtica – transmitida por los evangelistas, testigos e inspirados por el Espíritu Santo – sino como un acto en el que se expresa tanto la sumisión al ‘desafío’ del mundo como una soberbia cultural. En resumen, según los exegetas y correctores de borradores vaticanosegundistas: Cristo necesita una visión más realista de los tiempos y del hombre, además de un repaso de gramática y sobre todo de vocabulario. Pondremos en sinopsis el texto griego original de los lugares examinados con la traducción latina de San Jerónimo – uno que conocía a fondo las dos lenguas – y la traducción en español, para afirmar cómo, en el curso de la historia eclesiástica, nadie se aventuró a manipular la Palabra de Dios, hasta el actual curso postconciliar, en el que, ya con Pablo VI, se preocuparon de alterar la entera teología dogmática, moral y litúrgica, manipulando rúbricas, cánones y perícopas.

Damos el listado de los períodos evangélicos sobre los que ha pasado y sobre los que pasará la cuchilla de la censura papal.

1 – Con la exhortación apostólica ‘Amoris laetitia’ (cap. 8: Acompañar, discernir e integrar la fragilidad), al reconocer a los cónyuges cristianos, divorciados y vueltos a casar, el acceso a los Sacramentos, se ha eliminado deliberadamente la severa e inmodificable amonestación de Cristo con la que se advierte que no se divida lo que Dios ha unido:

“Ó un ó Theós synézeuxen, ánthropos mé chorizéto” (Mc. 10, 9).

“Quod ergo Deus coniunxit, homo non separet”.

“El hombre no separe lo que Dios ha unido”.

2 – El adulterio es un pecado gravísimo que, como el divorcio, infringe la unidad del matrimonio. Jesús se remonta al principio de la creación para afirmar que Dios “los creó varón y mujer. Por esto el varón dejará a su padre y a su madre y los dos serán una sola carne” (Mc. 10, 6-7 – Mt. 19, 5), recordando con ello la indisolubilidad y la santidad del matrimonio. Por tanto, Él declara:

“Ós án apolýse tén gynáika autú kai gamése állen, moichátai ep’autén. Kái éan auté apolýsasa tón ándra autés gamése állon, moichátai” (Mc. 10, 11-12).

“Quicumque dimiserit uxorem suam et aliam duxerit, adulterium committit super eam. Et si uxor dimiserit virum suum et alii nupserit, moechatur”.

“El que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella. Y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio”.

3 – La sodomía – pecado contra natura – es la trasgresión que clama venganza en presencia de Dios. Terrible es la condena que el Señor prescribe a los sodomitas: “Si un varón se acuesta con otro varón como se hace con una mujer, ambos han cometido una cosa abominable. Han de morir: su sangre caiga sobre ellos” (Lv. 20, 13). Con la audiencia a personajes, conocidos sodomitas, transexuales, homosexuales practicantes, y con un pretendido reconocimiento de un valor pedagógico y positivo existente en las convivencias Lgtb, el Papa Bergoglio ha, protervamente, desmentido a San Pablo, cuya amonestación es fuerte y neta:

“Mé planásthe: úte pórnoi, úte eidololátrai, úte moichói, úte malakói, úte arsenokóitai, úte kléptai, úte pleonéktai, ú méthysoi, ú lóidoroi, úch árpagues basiléian Theú kleronomésusin” (I Cor. 6,9-10).

“Nolite errare. Neque fornicarii, neque idolis servientes, neque adulteris, neque molles, neque masculorum concubitores, neque fures, neque avari, neque ebriosi, neque maledici, neque rapaces regnum Dei possidebunt”.

“No os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores poseerán el reino de Dios”.

4 – Hemos publicado ya una intervención en la que señalamos la alteración teológica traída con la sustitución lexical, en la parte central y misteriosa de la Santa Misa, es decir, la Consagración, con el fin de proclamar la gratuita, universal y garantizada justificación por los méritos de la Cruz (cfr. Johannes Dörmann: El itinerario teológico de Juan Pablo II hacia la jornada mundial de oración de las religiones en Asís, Ediciones Fundación San Pío X). Pero la Sangre de Jesús no fue derramada “por todos” – como recita la nueva fórmula – sino “por muchos”, según cuanto está escrito:

“Kái labón potérion, kái eucharistésas édoken autóis légon: píete éx autú pántes. Túto gár éstin tó áima mu tés diathékes tó perí pollón enchynnómenon éis áphesin amartión” (Mt. 26, 27-28).

“Et accipiens calicem, gratias egit et dedit illis dicens: Bibite ex hoc omnes. Hic est enim sanguis meus novi testamenti, qui pro multis effundetur in remissionem peccatorum”.

“Y tomando el cáliz, pronunció la acción de gracias y se lo dio diciendo: Bebed todos de él. Porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados”.

5 – De la modificación del Padre Nuestro – “Non ci indurre in tentazione” – se está hablando y debatiendo desde hace mucho tiempo debido a que, ya en 1988, el difunto cardenal Giacomo Biffi sostenía su variación con la fórmula “Non abbandonarci alla tentazione”, apreciada, en 2007, por Benedicto XVI y definida, en noviembre del corriente 2018, como nueva y canónica lectura a partir del próximo junio de 2019. Hemos evidenciado, siempre en esta web, el significado peyorativo del verbo ‘abbandonare’ respecto a ‘indurre’ (Il Padre Nostro in versione sacrilega, 13/10/2018). Damos, como en los casos precedentes, la lectura original griega y, a continuación, la traducción latina de la Vulgata de San Jerónimo y la española:

“Kái mé eisenénkes emás éis peirasmón, allá rýsai emás apó tú ponerú” (Mt. 6, 13).

“Et ne nos inducas in tentationem, sed libera nos a malo”.

“Y no nos induzcas a la tentación, mas líbranos del mal”.

6 – Circula desde hace algún tiempo, en forma más bien peregrina, una distinta lectura del ‘Gloria’ que, tachado lo de “agli uomini di buona volontà” [“a los hombres de buena voluntad”, ndt], propone otra – “agli uomini che Egli ama” [“a los hombres que Él ama”, ndt] – (I 4 Vangeli – Ed. Mondadori, 2005, pág. 76), de rara etimología y extraña semántica, traicionando, como en los precedentes casos examinados, el verdadero sentido querido por el Señor. El texto griego – que, recordamos, es el que certifica la autenticidad de la Palabra de Cristo – usa el término ‘eudokía’, que tiene pocos significados, como: buena voluntad, aprobación, consenso, favor, placer, delicia. Pues bien, no se puede no acercarse a ‘hombres de…’ el único vocablo que, en el contexto del canto angélico, hace razonable el mensaje, es decir: ‘buena voluntad’. Y es el que Lucas, iluminado por el Espíritu Santo, trascribe:

“Dóxa én ypsístois Theó, kái epí gués eiréne én anthrópois eudokías” (Lc. 2, 14).

“Gloria in altissimis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis”.

“Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

La Jerarquía vaticanosegundista, ansiosa por estar al ritmo de los tiempos, entró en la nasa del famoso y fumoso ‘aggiornamento’, con el que la Iglesia, a decir de Juan XXIII, contradiciendo a los muchos ‘profetas de desventura’, habría vivido un nuevo Pentecostés, una joaquinita tercera edad de la historia de Dios, la del Espíritu Santo. Y para actualizarse no ha calculado expresar el compromiso con la Palabra de su Fundador, sino que ha creído responder y corresponder a los ‘desafíos’ del mundo – una manía del pontificado actual – desmantelando la Escritura, los Sacramentos, la Santa Misa, las Órdenes Religiosas, el dogma, la moral, la liturgia, llegando a desautorizar al mismo Hijo de Dios con las correcciones a Su Magisterio transmitido a nosotros por los sagrados autores.

Pues sí, porque, sacando la suma de todas las circunstancias, Jesús no conocía la gramática, el vocabulario y sobre todo no había comprendido que el tiempo es una variable en continua evolución, por lo cual Su enseñanza se revela completamente obsoleta, inadecuada para satisfacer las exigencias del hombre internauta y social, incapaz de recoger los desafíos del mundo. Operación que subvierte el movimiento dialéctico Dios-hombre, dinamismo en el que está establecido el poder exclusivo de Cristo para poner los desafíos o, mejor, ‘Su desafío’, el que proclama: “Si alguno quiere venir detrás de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt. 16, 24). Los desafíos del mundo no se aceptan, sino que se rechazan de la manera como Jesús rechazó los que Satanás le puso en el desierto (Mt. 1, 1-11).

Operación sacrílega, que sabe a traición, claramente indicativa de un intento de transformar la Iglesia de Cristo en una de las tantas confesiones humanas, las que el citado salmo 95,5 define ‘demonios’, reino de Satanás, aquellas de las que Juan Pablo II escribió que “Cristo es su cumplimiento” (Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente n. 6 – 10 de noviembre de 1994).

Operación con la que es negada la inerrancia de la Sagrada Escritura, concluyendo, por tanto, en el más completo relativismo dogmático, cultural y ético, por lo que el decálogo, la entera legislación divina, el magisterio de Cristo, el magisterio perenne de la Iglesia, fluyen en el corrupto cuerpo protestante, cumpliendo cuanto, en 1962, previó el “Plan masónico para la destrucción de la Iglesia católica”: la completa protestantización del Catolicismo. El domingo 11 de noviembre de 2018, XXXII del Tiempo Ordinario, año B, la lectura del Evangelio era Mc. 13, 31, en donde Jesús afirma y confirma:

“O uranós kái é gué pareléusontai, ói dé lógoi mu, u mé pareléusontai”.

“Coelum et terra transibunt, verba autem mea non transibunt”.

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

Pregunta: ¿qué habrá pensado Bergoglio, celebrando la Misa en el hostal de Santa Marta, al oír semejante sentencia?

L. P.
(Tomado de la web “Inter multiplices una vox”)

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

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